lunes, 12 de marzo de 2007

La importancia de llamarse Jean Baptiste Pororó




San Antonio, 17 de diciembre

Mi querido Coco: No sabés lo contenta que me puso tener noticias tuyas, ¡estaba tan preocupada mi hijo!...pero bueno eso ya pasó, ....y no te voy a regañar, voy a respetar tu pedido "¡no me reproches abuela!"... ahora estoy tranquila y aunque no estés aquí, voy a poder pasar las fiestas en paz. ¡Demasiado mucho me preocupé!

Coquito, me gustaría que me cuentes como estás, y si comés bien....no quiero que te alimentes solo con galletas. Quiero que sepas que Rintintin, está muy bien, siempre le doy albondigas con arroz....claro, desde que no estás aca, sobra la comida... aunque el jaguá-i este viejito, me sirve de compañía, todavía sigue corriendo a los gatos de la modista.

A Gregorio le pedí que pinte tu pieza (ya trajo la cal), así va a estar linda para cuando vuelvas, lo que pasa es que estando vacia se llenó de humedad, lamentablemente se arruinaron los poster de Olimpia Campeón, y de esas chicas del taller mecánico (los tuve que sacar).

Sabés Coquito, tía Gladis y Ña Porota, se pusieron verdes de envidia cuando les conté lo bien que te va allá en Mambolasi. Pero quiero que me cuentes más de allí, y de ese señor Comandante...debe ser muy bueno para tenerte como a su hijo. No quiero que pienses que tu abuelita es boba, pero miré en el mapa y no encontré el país donde estás...¿es al lado de Brasil?

A la que no veo desde que te fuiste es a María, creo que el padre estuvo mal del corazón y le llevaron a internar en el adventista, pero no sé, ellos son medio "chuchis". Para cuando vuelvas, tenés dos cartas (bien cerradas) de un tal Marcio, las guardé debajo de tu colchón, junto con tus figuritas y el albúm de los artístas de la televisión...no creas que abuelita Virginia se va a olvidar de cuidar tus cosas.

Bueno mi hijo, yo estoy bien dentro de lo posible, aunque la humedad siempre me quebranta el reuma, necesito que vengas porque me faltan las cataplasmas. ¡Coco, contale todo a tu abuela!...yo no te voy a decir nada...y mi amor, ¡que no pasen dos años hasta volver a tener noticias tuyas!...acordate que ya no soy una nena.

Un abrazo muy grande para Coquito, de su abuelita Virginia.



I

Las miradas curiosas de pequeños y noctámbulos animales, espesaban y sometían el aire hasta hacerlo irrespirable. Mi pecho sonaba musicalmente, henchido de aromas bestiales que adormecían la blancura de mi cuerpo; ciento dos kilos de carne fresca, reposando sobre una caja de madera que hundía sus clavos en mis nalgas planetarias.

Aquella noche del puerto de Mambolasi, se asemejaba a pesados cortinados teatrales, que empañaban mis negros y solitarios ojos, titilantes de esperanza.

Me encontraba solo, ¿y como no estarlo luego de una vida tan ligera? Después de haber invertido porciones de eternidad en tardes de cines de barrio, refugios oscuros, cómplices de mis apetencias juveniles. ¿Pero para qué condenar mi pasado?... no todo, podría ser reproches, ya que yo mismo tuve la dicha de transformar mi realidad al adoptar el hábito de mirar el suelo en busca de objetos perdidos.

Tenía catorce años y trabajaba en el Ministerio de Industria, cuando inicié la frenética recolección de tarjetas personales, cigarrillos y monedas. Fue pura casualidad, ya que por ese entonces mi solo interés estaba en aplastar pequeñas arañas, que ese verano llegaron a Asunción en compañía de miles de inmigrantes amarillos.

El Ministerio parecía ser el nido de los insectos y yo estaba dispuesto a liberarlo. Lo intentaba con un zapato en la mano, aprovechando las siestas y la soledad del salón de recepciones. las aplastaba con el taco gastado y pronunciando a cada golpe....¡muere Riquelme!!!....¡¡muere Zaracho!!! (mis jefes); los restos se iban esparciendo en las baldosas romanas, como si fuesen peones de una partida de ajedréz.

En una oportunidad me agaché a inspeccionar bajo el sofá donde Gladis la recepcionista y Rubén el cafetero fueron atrapados infraganti, allí mismo encontré una tarjeta de color rosa que pertenecía a un "tal" "Marcio de los Olivos Albuquerque", en cuya línea inferior figuraba su profesión: "Amante Discreto"... pegado a la tarjeta, un cheque del banco Central, de 50.000 guaraníes.

II

Marcio jamás pensó que yo tocaría el timbre de su pequeño departamento, para devolverle la alegría (el cheque)...
El vivía en los alrededores de la Iglesia de la Encarnación; en un altillo desde donde se podía ver la cúpula bañada en el celestial color del medio día. En ese nido de picaflores, aprendí a devorar los ñoquis que él cocinaba para mí.


¡Sos muy pillo para tus catorce!...¡ojalá no cambies nunca!... (eran las frases preferidas de Marcio, quien gesticulaba con su mirada de encantador de serpientes, mientras sus largos dedos enroscaban mi flequillo como si fuese un plato de spagettis). A mi no me gustaba, ni terminaba de entenderlo, pero me atraía la cantidad de mujeres fáciles que lo rodeaban. A él, lo recuerdo por sus delicados gestos y por sus dientes limados y adornados con turquesas incrustadas.
Una vez me dijo "estoy de paso nomás... yo no soy de aquí".

Me hubiese gustado decirle que no me interesaba su vida... que las visitas gastronómicas a su casa no significaban más que un buen partido Soó, o que un tereré helado en la gradería del "Defensores";...y mucho menos, nada de eso podría compararse con María; de quien muchos decían, "es medio culona...y tiene manos de arquero".

- ¡Imbéciles!

Ella era la fiel imagen de la mujer virtuosa, por su gracia me transformé en habitué de las funciones dominicales de la Iglesia de San Roque. Era mayor que yo, mucho más culta y mucho más tímida; le encantaba que le dijese piropos al oído, hasta llenarle la cabeza de tibios pecados, que la obligaban a largas horas de confesión.

Pero ya estaba grandecito para limitarme a recibir un evasivo beso semanal. Marcio comprendía mi ansiedad, a punto tal, que un día me confesó su "secreto imposible".

-¡Tenés mucho futuro conmigo!... ¡serás el sol de mis mañanas!...y yo...un meteoro dormido en tus axilas!!

¡No Marcio!,..¡no digas boludeces!!...nosotros nunca ...¡escuchame!!!,...nunca seremos más que dos oportunistas sin el placer del amor; mi futuro estará colmado de viajes y aventuras. Síno, pregúntale a Ursula, la adivina de la kermese de barrio Jara. (Le dije con la soberbia propia del alumno que supera al maestro).

No fue fácil destrabar la puerta de su pequeña casa, mucho me costó alejarme y olvidar la confusión que creó en mi, el orgiástico mundo de la mariquita, en el cual yo me limitaba a servir bebidas y a producir testosterona.

III

Me aferré a las misas dominicales, ilusionado en experimentar con María, lo aprendido de las malas compañías; vanos resultaron mis intentos ante la disciplina monacal que ella imponía. A consecuencia de esto y por resentimiento, decidí acompañar a Carlo Magno Cañete, jefe de la sección administrativa del Ministerio de Industria, a una de sus frecuentes visitas al "Club de la Serpiente", en ese cabaret me deleitaba toqueteando mujeres brillantes que parecían escapadas de una vidriera de la galería "Santo Domingo"... me encantaba dirigirme a ellas con obscena ternura....¡hola mi linda putita! o ¡¡como anda la más bella de las mierditas.....!!!, trataba de compensar los desequilibrios hormonales producidos por la incomprensión de María... mi novia.

Allí, sentado mirando a través de las paredes, descubrí una mujer que me sacaba de las casillas; sus labios carnosos parecían esquivos...como si fuese una princesa, o una respetable señora de la fundación de la Candelaria,....le tuve que recordar su condición laboral, para que me deje besarla...
Mis labios se secaron con el fuego de su aliento.

IV

Geraldine Sauvignon Blanc, era indiferente, aunque lo disimulaba para lograr sus caprichos. Tenía corazón pétreo y una personalidad chispeante cuando engatusaba a maridos extraviados, a quienes decía ser francesa de una familia de Borgogna.

Noches enteras, escondido en el humo de largos cigarros, la contemplé mojándome hasta los pies; soñaba con tener la oportunidad de un amor sincero, aunque temía a los impulsos de mi propia excitación.

Traté de ser paciente, pero la ceguera del amor, me dio valor para arrinconarla en el depósito del cabaret; la tiré sobre una bolsas de cebolla, y la sujeté con mi abdomen hasta sacarle gemidos de placer.
-¡Coco... Coco, por favor no!
Su voz parecía familiar, y llegue a pensar que sería una mujer para toda la vida.
-¡Coco, Coco, pará... soy yo!
-¡No Geraldine... ahora es la hora!
-¡Coco, soy yo!... ¡Marcio!

¡Ursula...vieja estafadora!!..(fue lo único que se me ocurrió decir).

Aunque esa experiencia me condujo a una crisis gástrica, no dejé de relacionarme con gente, y amplié mis posibilidades, gracias al sutil método de dejar escrito mis datos en las puertas de los baños públicos. Por otro lado, a Carlo Magno Cañete, le saqué cincuenta mil guaranies semanales, a cambio de callar, acerca del destino que éste le daba a sus cheques.


EL RENACIMIENTO

Me había tomado ocho otoños e inviernos, terminar el último curso de Perito Mercantil, buscaba una oportunidad para romper con los fantasmas de mi pasado, quería escapar a la indiferencia, ser al fin y al cabo independiente. Durante años intenté salir del círculo vicioso, pero sistemáticamente fui rechazando las posibilidades que tuve para empleos formales. Mis expectativas no cavían en la pequeña casa de mi abuela..

Las concreté gracias a un amigo noctámbulo, chofer dedicado a viajes de excursión, quien me ayudó a colmar mis ideales, haciéndome viajar gratis en un bus cinco estrellas, con el único costo de mantenerle despierto, mediante mis kilométricas conversaciones, adornadas con exuberantes y graciosas ocurrencias. Finalmente, el expreso Sirena del Paraná, me depositó en la ciudad de Santos, donde conseguí trabajo como limpiador del Río Mamoré, barco de 16.000 toneladas con el cual pensaba dar la vuelta al mundo...
¡Cómo mareaban las sirenas de los barcos!

Era el temor y la satisfacción y no me interesaba mucho eso de ser el de la cucheta sin sábanas, o el que limpiaba los retretes. ¡ Para eso nacemos los hombres!, decía entre dientes aguantando los pesados caprichos del capitán, mientras recordaba la cara de María, el día que le confesé mi decisión.

¿Té pensas ir nomás?. ¿Te querrás ir sin mí? (Me había dicho con la esperanza, que le contestaría que no), pero en el sufrimiento hay algo de libertad.

Las interminables jornadas en alta mar, no me habían dado más descanso que unos minutos para fumar un cigarrillo en la cubierta; lo hacía en los momentos cuando nadie podía observarme, ya que mi espíritu me abandonaba y me transformaba en un ser imperceptible e insignificante. Por momentos tenía temor de alejarme del Mamoré, y en esas circunstancias recordaba lo que me había dicho Marcio, "El valor de la transmutación personal es puesta de relieve con la entrada del neófito en una vía de perfeccionamiento, reservado a una élite elegida en función de cualidades precisas". ...¿porqué temer si yo era uno de ellos?.



MAMBOLASI, TIERRA DE PAZ Y TRABAJO

Por fuerza del destino, me encontraba en la Atlántica bahía de Mambolasi, donde no perdería la costumbre, ni dejaría pasar las posibilidades que a diario nos ofrece el suelo, como fuente inagotable de información para el conocimiento y la obtención de ventajas terrenales. Fue así, que levanté un papel blanco, rectangular y prolijo, con cierto aire petulante, que en letras negras y brillantes decía:

"Señor Caballero de la Legión de Honor... Juan Do... (decía Juan Agustín Domec).
Muy estimado Comandante de Legionarios de la República, tengo a bien recomendar a Jean Baptiste Pororó, ciudadano del mundo, exiliado y competente en las artes del buen vivir, apto y dispuesto a cubrir puestos exigentes dentro de su Unidad... condecorado en el Sahara en defensa de nuestra causa ...

Con los ruegos de su servidor.

Firmado Jean Poulle


Silenciosamente, para no molestar a dos portuarios dormidos, me arrimé al espejo retrovisor de un Citroën 2cv y me miré interminablemente, mientras apretaba la tarjeta como si fuese el número ganador de la lotería del gordo de Navidad. Estaba algo confundido por el cansancio acumulado, aunque no me costó mucho comprender las
ventajas que podría traerme, adoptar la identidad del Señor Jean Baptiste Pororó.

–¡Mi nombre es Jean Baptiste!... , ¡Je suis monsieur Pororó!, (recitaba en voz baja, mientras me peinaba con prolijidad, aplastando con las palmas mi aromática cabellera). Estaba dispuesto a aprovechar la "paz y el trabajo" ofrecidos por el Gobierno y pueblo de esta lejana nación... al menos eso decía un enorme y carnavalesco cartel con letras de neón ubicado sobre el tinglado de la Aduana.

Mi única documentación era un salvoconducto, que en su momento me libró del servicio militar por ser hijo único de madre viuda; ... eso nada tenía que ver con Jean Baptiste Pororó, por lo que decidí hacer un bollo y tirarlo en una montaña de basura, cuyas formas se asemejaban increíblemente al monte Fují... durante la prolongada búsqueda de la Unidad del Comandante Juan Agustín Domec, me encontré con muchas montañas de formas y olores parecidos.

Varias horas me llevó llegar al edificio, cuya pequeña entrada se destacaba gracias a las letras de bronce clavadas sobre una chapa celeste que identificaban el sitio. La construcción era "el sobrante" de un crédito japonés para el desarrollo.... no había alcanzado para azulejar todo el frente y así poder tapar los negros agujeros de metralla revolucionaria. Sus pocas ventanas, aparecían como lunares en la cara de un beduino; a los costados se esparcían panteones multicolores de un cementerio militar, que tenía la característica de estar habitado tanto por vivos como por muertos. La escasez de viviendas era la explicación, así como el alivio refrescante que proporcionaban las lápidas de mármol a los amantes tropicales.



V

No resultaba fácil el hecho de cambiar de identidad, después de veintisiete años, ya me había acostumbrado a mi nombre; Osilón de la Cruz Gamarra,... Garmendia por apellido materno, y "Coco" para los conocidos.

Reflexionando, acerca de mi condición de hombre promedio de la clase media, a la cual había renunciado por descubrir los secretos que encerraba mi mundo de telenovelas; dejé pasar el tiempo y me senté para hamacarme en una cadena de ancla que rodeaba la Plaza Anacundo Homar Al Sharif... perdí mi mirada sobre el piso de adoquín, que como paila hirviendo, fritaba los pies de los transeúntes y los restos de comida que habían escapado a la voracidad de los roedores... todo olía a colesterol.

Sentí dedos fríos en mi espalda... simples gotas de lluvia, el cielo estaba poblado de sonidos estremecedores, ¡claro!, un país nuevo, rociado de sangre e inestabilidad política.

Era de tarde, serían las cuatro o más, cuando atravesé la puerta y el hall que me llevaron hasta el mostrador de informes, donde descansaba un portero, vestido con dorados esplendores de mariscal. Me sentía naturalmente cómodo, ya que mi ropa olía bien y mi aspecto resaltaba entre los negros del país. Uno de ellos me preguntó cordialmente y sin dejar de escribir.

¿Necesita algo?
¡Sí! (Le dije en mi tímido francés)
¿Si qué? (respondió secándose la frente en la manga de pelo de camello)
Tengo una recomendación para ver al Comandante de la Quinta División...
¡Permítame! (Dijo extendiendo su mano, y le entregué mis temerosas esperanzas). Miró la tarjeta en silencio y la sujetó con ambas manos para estudiarla como si fuera una estampilla de colección. Ponía sus ojos en foco acercándola y alejándola de su cara, y sin dejar de respirar me ordenó.
Siéntese.

( Era cuestión de esperar... toda mi vida había esperado).

¡No, no... no, aguarde! (Le alcancé a decir, pero ya no estaba, se había esfumado y
Solo me quedaba obedecer). El tiempo transcurrido hubiese sido interminable, de no ser por el borroso recuerdo de María copando mis pensamientos. Vi su cara bondadosa, y sentí con nostalgia su aliento a bizcochos de maicena mojados en café con leche. María Inocencia de los Angeles Cubilla, había sido mi obsesión, y hasta ahora no lograba dar sepultura a nuestra relación; ella me daba la fortaleza, vital para sobrevivir ante la angustia generada por la certeza de ser un extraño con futuro incierto.

Quedé con mis recuerdos y con una mujer que rítmicamente se acercaba bailando su danza tribal, sujetando con firmeza el palo con el que repasaba el piso. El silencio del trapo húmedo lamiendo las baldosas... el trapo de piso y yo.

Como sucede a menudo, cuando se agotaba mi valentía, apareció el mismo ordenanza, mostrándome su blanca sonrisa.

¡Pase por aquí por favor!, El Comandante le espera.

Casi no pude creer en mi suerte y en la cortesía de esta gente; me levanté esforzándome por despegar mi espalda empapada del banco de madera. Sentí la alfombra bajo mis polvorientos zapatos, y hasta me hice de tiempo para observar las paredes, cubiertas con fotos de calendarios, prolijamente enmarcados como si de Picassos se tratara... hacía mucho que no me sentía importante.

Se cerró la puerta detrás de mí, y pude ver al comandante bañándose en la luz que torrencialmente se colaba entre las cortinas del ventanal.

Juan Agustín Domec irradiaba tanta autoridad, que el polvo y pequeños trozos de papel que flotaban en el ambiente, eran imantados por su cuerpo... se mantenía casi inmóvil, como si fuese el astro rey. Sus manos gruesas y peludas, acariciaban suavemente la tapa de vidrio de su escritorio, como si estuviese repartiendo cartas en una mesa de póker. No podría precisar su edad, aunque no sería mas joven que las pirámides de Egipto

Siéntese amigo.
¡Estoy complacido de conocerle!, (Le dije tratando de disimular el temblor de mi mentón).
Yo también señor Pororó... ¡pero vayamos al grano!... cuénteme algo de usted.

Fue así, que inventé hazañas militares, las hazañas de Jean Baptiste Pororó, le conté todo al respecto, y él parecía entretenido... hasta me ofreció un cigarrillo.
-¿Qué más me puede contar?

-¿Más? (le pregunté)

-¿Qué más?...

-En un tiempo colaboré con un asiático... (le dije)

-¿Y?

-...Se llamaba Freddy Chu... Freddy, había nacido en Shanghai, pero tenía intereses comerciales en Taipei, al principio no entendía su ambigüedad, ya que por un lado era viajero frecuente a Taipei, y por el otro se emborrachaba dos días por semana en el restaurante Formosa, el cual era conocido como refugio de "chinos rojos". Con él, aprendí a simular hurras a las cinco estrellas de la bandera y a beber de nuestras sangres entremezcladas, como parte del juramento fraternal comunitario que nos hermanaba en la Orden del Gallo.

-¿Pero fue eso lo que lo trajo hasta acá señor Pororó?
-.....¿Eso?...(dije por no saber que decir)....¡Nó eso no!!...¡es que yo!...¡es que yó!....yo nunca pude dejar de amar a María de los Angeles!. ¡Sabe Señor!, hay cosas inalcansables... yo toqué el cielo con las manos pero no lo pude sujetar...

-¿Le pasa algo Pororó?

-¡...Se me escapó, lo aprisioné con todas mis fuerzas y se me escapó!!!...todavía
recuerdo el día que volvíamos del cine...estaba agotado de tanto esfuerzo por contener mi amor....¡pero ella parecía no darse cuenta!, entonces le dije...¡mi abuela asegura que tu aroma a madrugada sale de tus entrañas y se entibia en tus labios!. María de los Angeles me miró y me dijo...-¿desde cuando escribís poesías?

- No es una poesía, ¡solamente quiero que me béses!
María de los Angeles cerró los ojos con fuerza, pero no pudo evitar que se le escaparan unas lágrimas.

-" Me siento agobiada!!" (dijo)

-Yo ya estaba pegado a ella, y cuando levantó sus brazos para alejarme, los enlazó alrededor de mi cuello y abrió su boca como cuando se despiertan las flores por las mañanas....en ese beso tembloroso descubrí el aliento a café con leche con galletitas de maicena...me di cuenta que era la más vírgen de las virgenes....

-¿Qué pasó con el chino Freddy?
-¿Qué qué?
El Comandante se quedó mirándome, como lo hacía el profesor Tambone durante las examinaciones de "Contabilidad". --¿Dónde conoció a Freddy Chu?

-¡Freddy... Freddy era el coreano del barrio!
-¡En qué quedamos!, ¿Era coreano o chino?

-¡Nooo!, Lo que pasa, es que en mi país los coreanos son almaceneros... él era uno de los pocos almaceneros chinos. (Le expliqué como si se tratara de un teorema de lógica matemática)

-¡Muy sorprendente!... ¿Qué le parecería trabajar y alojarse en el regimiento?

Su voz era inconfundiblemente paternal, espontáneamente me acerqué a él y le di la mano con afecto, mirándole a los ojos le dije: -¡Sabía que lo encontraría!
-Todos dicen lo mismo.
-¿Todos quienes?
-La totalidad, ese todo que es uno, el mismo uno que es todos. (Terminó de decir y yendo hacia las afueras del dormitorio... (era dormitorio y oficina), la ambientación fue cambiando y las paredes se volvieron "hospitalarias")


EL SANTO PROTECTOR

Ya no supe si pensar por mí o por él, sentí temor ante la presencia de los asistentes del Comandante, cada uno de ellos, exactamente igual al resto. Cada uno más oscuro que el otro, cada uno, parecido a aquellos que hicieron desaparecer a Freddy Chu.

Me dejé acostar sobre una mesa de acero inoxidable... ignorante, como las vacas que entran en la manga que las conducen al matadero. Allí, abrumado por las indecencias, tomé conciencia de la atracción que ejercía, sobre los cuadrúpedos que respiraban en mi nuca.

Como resultado de esto, a lo que yo llamaría confusión (que otro nombre podría darle), rechazaba la comida por temor a evacuar, aunque día tras día, la experiencia ocurrida le dió más sentido a mi vida.

Tirado en el piso de la pocilga circular, divisaba en las alturas una claraboya por la que entraba silenciosamente el as de luz del amanecer, en la misma forma que entra el dedo gentil de una novia en su anillo de bodas. Juraría que en esas alturas, habitaba un santo como los que aparecen dibujados en las estampas de primera comunión; muchas veces me desperté sobresaltado al ver nítidamente al virtuoso varón, que en voz baja me decía, "no temas, hoy te liberaré".

Durante un feriado, ya hace unos meses, recibí la visita de mi Comandante, aquel que había conocido gracias a mi afición por juntar papeles del piso. Su presencia me empachó, me volvió a convidar sus cigarrillos y me abrazó para dar una vuelta alrededor de la celda. El se relajaba respirando de mis pulmones y diciéndome que no me preocupe y otras tonterías ininteligibles que parecían frases opulentas, de las cuales rescato algunas pocas.

"El valor de la transmutación personal es puesta de relieve con la entrada del neófito en una vía de perfeccionamiento, reservado a una élite elegida en función de cualidades precisas". (Dijo mirándome abrumadamente), pensé que eso significaba el fin del sufrimiento, creido de estar oyendo al santo que habitaba mi celda y había venido a rescatarme.

- ¿Usted no vive en las alturas? (le dije mirando en dirección a la claraboya)
- No,... mi esposa Makeba y yo, vivimos en el complejo habitacional "Aeropuerto".

La porosidad de su rostro, surcado por arroyuelos cristalinos, resaltaba el fertil resplandor de su frente... marco propicio para su mirada sin tiempo ni espacio, en la cual me vi reflejado con nitidez. Al parecer, el Comandante y yo compartimos las mismas creencias.

Él mismo, parecía apesadumbrado por sus palabras y me abrazó aprisionando suavemente mis brazos, caminé a su lado como un aprendiz inseguro que da sus primeros pasos de tango y sin dejar de recorrer la pocilga circular, me dijo.

- ¡No te preocupes Jean Baptiste, estas cosas no ocurren en la realidad... no te mortifiques!.

Amor en una noche de verano

El viento entibiaba los maizales y el cielo se partía en miles de pedazos con formas de nubes violetas. Era silencio de “domingo temprano”, apenas cortado por truenos vigorosos, producto de las combustiones estomacales de Juan Yupanqui, él, contemplaba la naturaleza con incredulidad...le costaba aceptar ser parte de una creación Divina. Con las manos entrelazadas bajo su cabeza, respiraba profundamente la libertad de respirar. Sus ojos rebosaban satisfacción y su boca amplia decía caricias.

- ¡Sooo....Rosario, Soo!!...¡te estás durmiendo!

Era su voz, simplemente su voz, y la indiferencia de Rosario acurrucada sobre la tierra seca, con su cabeza entibiando el inmenso estómago de Juan. El le cepillaba el pelaje animal, con sus dedos callosos y morenos; una , dos, tres caricias y volver a soñar .

- ¡Rosario!, tu no habías nacido, cuando yo corría sobre las piedras de la fortaleza;.... una vez me resbalé y caí sobre pasto crecido....de cara al sol, ¡creo que fue allí cuando lo descubrí! , me quedé horas contemplándolo con los ojos cerrados. ¡Claro, es Dios y nadie lo puede ver con nitidez!.

- ¡Rosario!...dormí, yo te cuido. ¡Si pudiese volver a ser niño!, ..aunque me falte la
leche, aunque me falten juguetes ...¡pero que importaría todo eso!, sí yo pudiera recuperar a mi padre y a mis hermanos......recuerdo a Felipe y Manuel, ¿porqué se habrán ido? ¡Acaso se olvidaron de nuestros juegos! ¡Sí fueron ellos los que me enseñaron a querer!. Fue Felipe el que me llevó de la mano al corral, yo tenía unos pocos años, y él me dijo, “ya eres grande, ¿haber como te las arreglas con la Teresita?”

....Y quedé solo frente a ella; la cabrita no hacía más que agacharse a recoger alfalfa para dormirla en la boca… sus gestos eran los de una quinceañera malcriada e indiferente. Le silbé una cueca para entusiasmarla, y así …de a poquito, logré entreverarle la mirada,…¡me volví loco!, …¡Qué linda putita!.
A un rincón arrojé mi infancia y mi pantalón azul, luego me acerqué decididamente, para no dejar escapar la oportunidad. Con mis brazos en pinza atrapé sus costillas y me hundí profundamente en ella, oliendo y mordiendo su piel aceitosa...

¡Pero bueno, ahora te tengo a ti!...siempre y cuando el patroncito no nos separe.
¡Dormí Rosario!, ¡dormí!, no escuches mis estupideces.

La tarde pasó al atardecer, el atardecer a la noche, y Juan seguía tendido aprovechando el veinticuatro de diciembre. Pensó en la pequeñez de las hormigas; en los insectos y en el canto de las aves migrantes.... contempló las verdes ortigas, como al preciado tesoro de esa tierra estéril.

- ¡Por suerte te tengo a ti! (le susurró en la oreja, y como si recién la descubriese, calentó sus manos en las tetas de Rosario), lenta y parsimoniosamente, Rosario respondió con su mirada de vaca pastando.

- ¡Mi linda cabrita!, ¡si eres lo único que tengo!

Rosario no decía nada, aunque en su respiración se escuchase la lujuria . (Juan era vaqueano y la montaba muy bien, nunca recibía reproches, y aunque él no lo supiera, trataba a su pareja, como si ésta fuera la joya del harén).

Tanta animalidad terminó por derrotarlo; se lo vio dormido en un campo ondulado, en un verano montañoso, descansando su satisfacción, y seguramente soñando con Felipe y Manuel...con las cosas que habrían contado en las cartas que nunca mandaron. Los grandes edificios, los cines, las rubias, la música y las propinas de los bares.

Se hubiese dormido por siglos, de no ser por el hambre y el olor a asado.
Sintió necesidad de comer para seguir amando, ¡Despiértate! le dijo ansiosamente a Rosario,... pero ella no estaba allí; apenas quedaba la silueta de su cuerpo dibujada en el suelo.

- ¡Rosarioo!, ¡Rosariooo! (gritó sobresaltado), ¡estás hembras hijas de puta!, ¿ se habrá ido a pasear?....¿como va a hacer con los cuatreros y el hambre que andan sueltos?

Se puso de pie sobre su desprolijo metro con cincuenta centímetros, y se vistió para ir a buscarla.

- ¡Animal!. ¿ a donde habrá ido? (reflexionaba en voz alta), ¡para eso la cuido!
recorrió las ondulaciones olfateando a su amor, con su machete se hizo camino cortando la oscuridad.

De lejos llegaban aullidos de fiesta pastoril, se detuvo a escucharlos, comprobó la dirección del viento y caminó haciéndole frente. De apoco fue percibiendo la alegría del pobre, las borracheras con chicha, y el chisporrotear de una fogata que iluminaba a los integrantes de una familia satisfecha con carne.

Se les acercó con temor.
- ¡tal vez ellos la habrán visto!...¡Dios mío! (decía Juan con devoción religiosa)
- ¡Ave María Purísima! (recitó un anciano momificado).
Juan no contestó y se limitó a observar la ronda, ..viejos y niños satisfechos..., miradas cándidas desbordantes de privaciones, caras redondas, bocas repletas, labios encerados por la grasa del animal sacrificado, ¡cabra de las montañas! . Animal, en el que los ojos de Juan se paralizaron para recomponerle los pedazos ausentes ...las costillas, una, dos...el cuello...la cabeza..¡ sí, la cabeza!, los ojos marrones, deshinchados y opacos....su piel suave colgando en un alambre....piel de hembra...¡moscas de mierda!

Juan bajó la vista, descansando la tristeza sobre los hombros; apretando el machete gritó con desconsuelo irreversible....¡Rosarioooo!!!

Mi hijo es un ángel.






Introducción al Tiempo cuando las religiones quedaron vacías.


Habían pasado 53 años, desde que las arenas cubrieron una inmensa franja central en el Africa, abarcando lo que fuera Libia, hasta Sudáfrica, sepultando las culturas y las pobrezas del continente de las desesperanzas. No fue un simple proceso de desertización, fue una avalancha de sedimentos, provocado por la incomprensión y la insatisfacción de las masas. Un desastre ecológico que modificó el ecosistema de todo el planeta.

El fatalismo invadió los espíritus, ciertas regiones quedaron vacías y otras superpobladas, el Cono Sur Sudamericano se convirtió en una torre de babel, donde las mayorías no tenían voz y las minorías eran invisibles. La herencia postcapitalista, era una versión grotesca de la sociedad industrial... una cultura desprovista del sentido estético. Los celos y la impaciencia hicieron estragos en lo más profundo del corazón de la gente, que actuaba impulsivamente para escapar de la libertad.
Las personas de fortaleza media que vivían encerradas y tenían objetivos inalcanzables por sus cualidades, eran las más resentidas.

Una nueva escuela de psicoanálisis impuso su pensamiento con un Tratado denominado “la comprensión de la psicología de las masas que funcionan debajo de la superficie”. Sus propulsores se auto definían los teólogos de la “selva espesa”, quienes aspiraban en última instancia, reemplazar a los profetas que habían quedado atrapados en la amnesia colectiva. Adherían a esa filosofía, profesando su fe en silencio, rezando oraciones a Ñamandú
[1] con el anhelo secreto e incontenible de llegar a observar el primer destello… la luz que redime, allí donde crece el vegetal astral de cabellera solar, que como lava ardiente cae en cascadas de flores celestiales...en el espacio sin espacio y en el tiempo sin tiempo.

Los cosmonautas y sus familias se convirtieron en una casta, con privilegios en la educación y alimentación. A algunos, la distancia los volvió ajenos a su propia tierra, en ciertos casos, regresaron a ella, cuando especies animales, como los camellos y las serpientes habían desaparecido. Lo mismo que ocurrió con los esquimales, los polinesios y con varias minorías indoamericanas.






La época correspondía al año 2070 de lo que fue la era cristiana, se estaba llevando con éxito la tarea de colonización del espacio extraterrestre. La Confederación Atlántico Pacífico, La Unión Fraternal Eslavo-Germánica, y la República Popular China, habían experimentado la colonización de Venus, Marte y las lunas de Jupiter; por su parte, los neoyorquinos, habían logrado superar los límites de su propia modestia.

Una nave de plásticos y metales se encontraba en ruta de regreso al planeta tierra....

EL REGRESO DE LA NAVE MADRE

Los tripulantes de la nave carguero “María Cristina”, eran perfecta y desgraciadamente anónimos; de todas formas eso no les restaba la fortuna de haber sido los pioneros en transitar la legendaria ruta, Ganímedes-Europa . Se caracterizaban por ser indiferentes a los sucesos ocurridos en su planeta... nunca se habían sentido pertenecientes a nación alguna, aunque de acuerdo a la documentación de rigor, eran ciudadanos de la Confederación Atlántico-Pacífico, con capital Administrativa en Brasilia, pero bajo la fiscalización del Gobierno de los Estados Libres-Asociados de las Tres Américas, con sede en Sarasota, Florida.
Ajenos a las trivialidades terrenales; habían tenido la oportunidad de rozar los labios superiores de un agujero negro y ser invadidos por seres reencarnados que se encontraban entre el limbo y el paraíso..... El mundo de los sueños y el de la realidad transitaban en la misma dimensión. Era el pan de cada día, y estaban conscientes que para subsistir en ese ámbito caleidoscópico presurizado, el único requisito consistía en aceptar los rigores de la autoridad, representada en un cerebro cibernético protegido por una aleación de titanio y carbono... La resistencia pasiva de los intelectuales bajo el poder, era solo un recuerdo transmitido de boca en boca... eran excelentes soldados.

Aquellos guerreros espartanos, tenían como único trofeo, una araña de caireles rescatada de una estación rusa que fuera destruida a fines de la era de Acuario, durante el ataque suicida de una nave robot inteligente. Ellos pasaban los tiempos de invernación en una sala semi vacía, medianamente iluminada; su estructura había perdido el brillo de platería recién lustrada. Los rayos y meteoros del cosmos la llenaron de recuerdos y visiones que enturbiaban sus formas aerodinámicas. El silencio acompañaba la tibia oscuridad, apenas sobresaltada por difusos sonidos de naves espaciales sin destino. (Una simple anécdota en la incomprensible inmensidad del universo).


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El día 27 de marzo de 1939, (corregido del calendario Gregoriano) a las once p.m., mientras la tripulación disfrutaba bife de atún sintético, la comandante de la nave tuvo ganas de parir. El equipo médico la asesoró, sugiriéndole cruzar las manos sobre el pecho y respirar armónicamente para expulsar los malos pensamientos.- ¡Es ridículo, medítelo!.... no se deje llevar por emociones compulsivas, ¡contrólese!, relájese y piense en un brillante futuro...(Capítulo 3, artículo 5, del manual de abordo).
Algunos compañeros de viaje, sobre todo aquellos que habían tenido oportunidad de compartir la cucheta con la comandante, comentaban con las manos transpiradas. - ¡Así son las hembras... tienen capacidad para simular o disimular embarazos !... ella que todo lo sabía, restaba interés a las opiniones asexuadas, causadas por la soledad y por la radioactividad. Su integridad en cambio, estaba protegida gracias a una epidermis de condom-latex lubricado, a través de la cual se apreciaba el estómago, deformado por los dolorosos movimientos de alguien intentando nacer..... sus ojos parecían dos cerezas congeladas por el miedo.

II


El milagro, se produjo durante el parto... el niño nació siendo la réplica perfecta de un juguete... la boca, el pelo y las piernas. Ella, María Von Lumpen de Garcete, pudo conocer al hijo que hasta hacía una hora no estaba en sus planes.
De acuerdo a confusos informes remitidos desde la sala de prensa del centro espacial, era un varón, que parecía haber nacido vestido de marinero, es decir, traje azul con rayas blancas, moño y un solo zapato... demás está decir que tenía los genitales bien implantados, y el ritmo cardíaco normal.
En la memoria de la nave quedó registrado con el número 127-AW-39 y con el nombre “Alejandro”, no en honor al tío Alejandro Garcete, sino porque pensaron que su futuro estaría relacionado con el Alejandro Magno de las enciclopedias. Pesó tres kilos cien gramos y desde un primer momento, su piel fue tan clara, como negros su pelo y sus ojos. Miles de imágenes tridimensionales lo mostraron con su vestimenta original. La nave que lo cobijó pasó a llamarse “Nave Madre” y está en proceso de restauración para ser expuesta en el Museo del Espacio.

Sus padres, personas seleccionadas, (como se entenderá, no era usual viajar en misiones de descarga de basura tóxica, en las lunas de Júpiter) se habían conocido en forma epistolar, por recomendación del consejero espiritual de la Institución de Enseñanza Media de la Región Oriental, quien finalmente, por considerarlos cultural y genéticamente compatibles, programó una serie de encuentros en las funciones de realidad virtual de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Casualmente ese consejero se llamaba Alejandro, aunque le gustaba que lo llamasen “Marangona”, en recuerdo de un futbolista del siglo de la abundancia.

CON LOS PIES SOBRE LA TIERRA

Los claustros docentes, las academias, los edificios histéricos, profesores perfumados, la historia en CD Rom; toda la sabiduría encerrada en la rígida disciplina de los colegios privativos, elaboraron trabajos, hipótesis, y exposiciones relativas al truco utilizado por el matrimonio Garcete, para hacer parecer mágico el embarazo repentino de la comandante de la nave, así como el nacimiento de su hijo sin ombligo.

Los magos no encontraron respuestas a preguntas sencillas,... “sería mucho más simple que un lactante explique el proceso de desintegración del átomo de uranio”, sentenció el nieto del recordado Cachito, (Cachito fue el muñeco de un ilusionista llamado Nisugan) ....
La sabiduría popular difundió una versión más creíble, la cual atribuía la maternidad de Alejandro, a su tía Beatriz Von Lumpen, algo menor que María y devota admiradora de las largas piernas de su cuñado Marciano Garcete. Ni los agrios reclamos familiares impidieron que Beatriz y Marciano, se prodigaran desesperadas miradas de insatisfacción. Esa relación morbosa, (según la definían los más allegados) terminó gracias a la profesional intervención del Ministerio de Bienestar Humano, que por medio de la lectura selectiva de correos, detectó una larga carta de Beatriz a Marciano, en cuya parte final reproducía una frase de Anatole France, “La peor perversión sexual, es la castidad”. Beatriz fue enviada a la Ciudad de México, donde la están asistiendo en una terapia de reinserción comunitaria.

Alejandro no tenía conciencia de la similitud de sus ojos con los de su tía.


Todos se creyeron con derecho a preguntar y a averiguar los antecedentes de María Von Lumpen de Garcete. Pero María no hacía más que crecer en felicidad y en volumen. Los opinantes más lúcidos, atribuyeron su sobrepeso al milagroso acto de la transferencia de leche del hijo a la madre. Ese fenómeno no era más extraño que otros tales como el amor o el odio. En vano, la comandante se plantearía un problema de difícil respuesta, estaba perfectamente mentalizada para lograr sus objetivos sin desviar sus pensamientos.
Planchando... y mirando tras la ventana, vio crecer las plantas y las nubes y los días y las noches y los llantos y sonrisas de Alejandro.
No se creyó merecedora de semejante bien, le agradeció a Ñamandú y aprendió a mirar a su esposo con respeto, a éste, Marciano Garcete, parecía no sobresaltarle el hecho de tener un hijo sin haber necesitado eyacular... sus desayunos duraron como de costumbre y sus oraciones, nunca más que un domingo cualquiera .
Los días pasaron llenándose de caricias, calor, muecas y orín.
Una mañana de sol, María se vistió con todas las flores del jardín y algunos frutos fuera de estación. Sobre su cuerpo ideal cargó el de su niño, quien escondía sus brazos en la cabellera cobriza de la madre. Confundidos en los olores y la brisa de las diez de la mañana, fueron haciendo un camino lleno de preguntas sin respuestas, y siguieron caminando hasta el punto preciso donde se juntan el mediodía con la siesta.

Mamá ¿donde quedó mi traje de marinero?
¿Cual traje?
¿Con el que nací!
¡Nadie nace vestido!, ...Hijo, no creas todo lo que escuchas, ¡cuándo crezcas entenderás cómo se puede transformar la realidad!.
¿Donde lo guardaste?
¿Pero porqué ese capricho?


Pubertad, Adolescencia y Madurez, Etapas Forzadas para el Crecimiento del Pez.

Una suave fragancia a hormigón impregnaba los cimientos del barrio los “Pioneros de la Galaxia”, en cuya parte más visible se elevaba imponente, un arco de brillante mármol verde, sobre cuya superficie estamparon en oro la frase de San Pablo “Nuestra ciudadanía está en el cielo”. Nada más cierto, ya que lo que de in mundo tiene la tierra, sólo desde la lejanía del cielo se sublima, al descubrir que “nuestra morada es una joya azul, con la que no pueden competir ni los zafiros, aguamarinas y el lapislazuli de Afganistán” (al menos eso afirmaba Marciano Garcete).

En algún rincón de esa urbanización, donde los hierros se oxidaban a la interperie como si fuesen encías gastadas de un anciano moribundo, Alejandro encontró refugio, para crecer en silencio y formar parte de una historieta que nunca llegó a ser leyenda... creció con miedo a entender su verdadero origen, a quedarse dormido, a no envejecer, a sus genes... Trataba de escapar de sus angustias por medio del tibio recuerdo de los órganos que alguna vez lo protegieron, o sentado frente a ramos artificiales de cerezos, donde practicaba el “Hanamí”, consistente en el arte de contemplar las flores.

A pesar de su capacidad de abstracción, sentía necesidad de expresarse y comunicarse con sus iguales, pensaba y repensaba en las posibilidades, mientras observaba la lucha de las hormigas rojas intentando tragar una cigarra de aluminio,... recuerdo de los viajes de su madre, como becaria de la Fundación Aristóteles Cantero. Taipei, Tokio, Manila o Iquique, quedaban en la memoria materna, como experiencias apenas comparables con las visiones que había tenido en sus viajes estelares, a la constelación del toro, de Acuario y a las periferias de los agujeros negros.


Alejandro evitaba a los vecinos, zambulléndose en la oscuridad de los corredores de los arrabales. Desde la lejanía espiaba el área destinada a los inmigrantes, cuyos movimientos estaban perfectamente controlados por el Ministerio de Promoción Humana, institución que imponía un límite máximo de 15% de extranjeros en el subsuelo de las áreas urbanizadas. El grupo convivía caótica y contradictoriamente en lo que antiguamente se denominaba “El Mercado Cuatro o Mercado Persa”; donde prestaban servicio a los llamados “Osos Blancos”; ancianos terminales autorizados a usufructuar una hora de evasión semanal, durante la cual sus rostros angustiados adquirían muecas infantiles, gracias a las simpáticas ocurrencias de los marginales, incansables oradores de un hilarante dialecto, mezcla de mandarín, castellano y guaraní. Alejandro parecía asimilar sin esfuerzo lo que contemplaba piadosamente, hinchando el pecho con el aroma de las chimeneas industriales... como si pudiese oler el pasado y descubrir el aroma de los naranjos en flor.
---*---


Habían pasado varios años desde que dejaron de utilizarse los centros colectivos de “formación”, no era necesario socializarse por medio de la escuela y tener que compartir piojos y juegos con niños de la misma serie. La tecnología y la escasez de recursos se impuso y el crecimiento de los humanos se dio en forma, puramente individual y económica, ese fue el motivo para que los diálogos se perfeccionaran por medio de audífonos y micrófonos de alta definición, evitando en esa forma los contactos prematuros entre sexos opuestos, colaborando eficientemente con la práctica de las buenas costumbres y con el control de la natalidad.
En ese contexto, fue muy traumático chocar con Carlota, mujercita florecida, quien todos los viernes, tenía el hábito de pasear un perro chihuahua que alquilaba con el dinero que su abuela le depositaba cada semana en el correo.

CHOQUE FRONTAL

¡Perdón!
¡¡No Alejandro!, la culpa es de la oscuridad!
¡No fue mi intención! (repuso, mientras se retiraba iluminando el pasillo con la fosforescencia de su cara)

Carlota no mediría más de un metro sesenta centímetros, pesaría 48 kilos y calzaría 36; sus orejas aparentaban estar perfectamente implantadas, pero una de ellas parecía haber sido mordida por algún pariente impulsivo, de todas formas su melena rubia le tapaba gran parte de la cara, incluso algunos gestos rígidos, producto de una educación impersonal. Hasta hacía unos meses nadie la había vuelto a ver, solo quedaba el recuerdo de sus años de kindergarten, época en la que sus padres la llevaron en un viaje estelar.


III


Alejandro repetía las frases que su padre le confesó en sueños:
“¡Hay tres mujeres importantes en la vida de un hombre!”; esa confesión involuntaria lo intranquilizaba, ya que el resultado de su carta astral afirmaba que viviría hasta los cincuenta y un años....( con sus dieciocho, ya debería haber tenido su primer mujer)..... Luego de unos minutos de angustia, pensaba reconfortado, - ¡talvez, las tres mujeres lleguen juntas un año antes de mi muerte!


¿Porqué un solo amor?
¿Porqué no, cien amores?…cien sueños que me ayuden a transcurrir las noches solitarias, cien mujeres, cien coitos sin descanso, …y el amor, el amor… ¡a la mierda!

Con el cansancio propio de un adolescente que pierde horas en el baño, se levantó y caminó hacia la ventana, corrió la cortina y apoyó la nariz en las miles de brillantes y diminutas gotas que enfriaban el vidrio. Con indiferencia escuchó las sirenas de las fábricas que anunciaban el fin de una jornada de trabajo. Levantó la vista y observó grandes carteles luminosos flotando en el espacio; las gotas de agua caían deformando las imágenes multicolores, para luego rebotar pesadamente contra las molduras doradas de los edificios más lujosos de la cuadra. El suyo era gris y se perdía en un laberinto de monoblocks enraizados en las calles, donde la muchedumbre se esparcía amorfamente, desafiando las leyes de la convivencia.

El Desafío de internarse en la muchedumbre.

Nunca lo hubiese hecho, de no haber descubierto a Carlota, mezclada entre fotografías publicitarias de una campaña en favor de la clonación del último indio Maká... Ella parecía observarlo sonriente, afectuosamente. Su actitud le recordó que estaban en plena temporada de apareamiento de ballenas, época, en la que los humanos se acercaban al muelle del Club de Pescadores, para ver el espectáculo y para excitarse en silencio... hacía mucho tiempo, una implacable censura regía el comportamiento de los libertos.

Alejandro decidió invitar a Carlota, a visitar el templo de los Caballeros del Santo Sepulcro, un edificio que podría haber sido de la baja Edad Media, pero que no fue otra cosa más que una fábrica de heladeras. Los disidentes que lo frecuentaban, lo enaltecieron, adornándolo con el fuego de antorchas, logrando imponerlo en la negrura del paisaje; allí como si fuese arcilla, los marginales moldeaban las palabras en la búsqueda de la armonía entre los valores seculares y trascendentales, con el objeto de salir de la oscuridad y las supersticiones. En ese mismo recinto se intentaba rescatar al hombre llamado Cristo, a quién muchos confundían con el Che Guevara.
Una vez en el templo caminaron sin hablarse, y luego de superar la barrera de prejuicios que los separaba, se siguieron mutuamente en un laberinto brumoso, donde el eco de los debates filosóficos se infiltraba entre las grietas de las piedras. Alejandro corría como un arroyuelo de montaña, con la duda de estar siguiendo a Carlota, o a un recuerdo de su infancia. Poco a poco la noche se volvió fresca y el caos de sensaciones fue quedando atrás. La luz de las estrellas brillaba en los ojos de su amiga, quien sin dejar de mirar a Alejandro, se acariciaba los pechos, apenas perceptibles tras la campera de cuero negra con cuello de piel de lobo.
[2]


Alejandro se sintió poderoso y con derecho a preguntar.
- ¿Dejarías a tu esposo?
- ¡Yo no estoy casada!....apenas me planificaron una entrevista, con un tal “Andrea Dapuetto”.
- ¡eso es lo correcto!.
- No lo conozco..... tiene 43 años, y labios muy gruesos.
- ....¿ Cuándo volviste?
- ¡No recuerdo!......lo único que tengo presente son tus hábitos felinos; te veo lamiéndote las manos, los codos y rodillas, mientras yo deseaba con locura, que tu lengua de gato mojara mi espalda. (Carlota hablaba y parecía no escucharse más que a sí misma).
- ¡Me duelen!
¿Qué te duele? (preguntó Alejandro con gesto de preocupación).
¡Tal vez me lo puedas explicar! (Dijo Carlota sin dejar de masajearse los pechos).
¡No sé... yo no entiendo de medicina!
¿No te parece importante compartir este dolor conmigo?, ¿Acaso crees que podría decírselo a alguien más?
¡Pero Carlota ...yo apenas te conozco!
¡Siempre estuvimos juntos!... mis años de soledad en el espacio, se llenaban de alegría con la fantasía de imaginar tu cuerpo de kindergarten, transformándose en el hombre de Cromagnon.

Alejandro se sentó pesadamente sobre un montón de basura plástica reciclada, y observó a la rubia en el reflejo de un charco de agua que cubría sus botas. Su preocupación estaba en la imposibilidad de ocultar su erección, y en el descontrol emocional provocado por las ocurrencias y los olores de Carlota.
¡No sé que debo hacer!
No importa, no importa tontito... ¡yo te enseño!

Primero le enseñó con la boca, después con las manos. Alejandro estaba atrapado en deseos elementales
[3], recuperando el hambre de carne y jugos femeninos… allí estaba ella, a quién hacía unos instantes no se había animado a mirarle a los ojos. Turbado, recordó imágenes de revistas obscenas, y le mordió los labios desesperadamente, hasta humedecerle la cara entera... sus dedos huesudos encontraron calor en los senos dulces, y se durmieron respirando el uno del otro.
Un día volvieron a sus casas, el aire estaba más pesado que de costumbre, una fina lluvia de hollín y humedad, bañaba todo lo visible. Tuvieron que hablar entrecortados, emocionados ante la sospecha de no volver a encontrarse.
Alejandro!
¿Qué? (dijo acercándola a su cuerpo)
Se dicen tantas cosas, ¡la gente habló tanto!
¿y..?
Bueno...¡quiero estar con vos!...pero sufro enormemente...
Hay gente que dice que eres el hijo de una de las reencarnaciones que visitaba la nave en la que naciste ... se sabe que tu padre es solo el marido de tu madre.
…cuando éramos niños no me decías estas cosas.
¡Es cierto!...No confío en Rebecca.
¿Quién es ella?
Mi consejera espiritual, la que me prepara para el amor.
¿Para que me ames?
¡Vos no existís para ella!
¿Y que hay de vos?
Es el olor de tu piel... no parece tuyo.... ¡me confundís!


---*---


Los días pasaron como de costumbre y en la misma forma crecieron y se marchitaron las personas; el sol caliente desteñía las paredes grises y atravesaba las persianas rayando de luz, el cuarto de Alejandro.
Se sintió inútil y sin hambre. Se durmió para soñar a Carlota,
Como si fuese profecía la recordó junto a él, tendida dentro de un enorme caño de desagüe…la idea había sido de ella, ahí estarían seguros, tenían nueve años y ganas de estar juntos, se exploraron con la misma pasión que sus padres lo hacían con las cartas astrales. Alejandro adoraba acariciar los labios lampiños de Carlota, darla vuelta y besarle las nalgas, morderla suavemente con el último colmillo de leche… aspirarla y disfrutar del pequeño culo mal lavado.
Alejandro soñaba en paz, con la certeza que el amanecer la traería a su lado.

Decidió despertarse cuando llegaba el otoño. La ciudad se ensuciaba de color beige, un olor dulzón y levemente a podrido, invadió las calles y solamente en las grandes avenidas, donde el viento del sur gasta las paredes, el aroma de la costa marina se hacía perceptible. En los barrios deprimidos, a cincuenta metros “debajo del nivel de lo aceptable”, nunca llegaba el alivio de una brisa refrescante; la muchedumbre no guardaba la distancia establecida y los choques de las miradas eran permanentes. La fermentación de esos contactos físicos llegaba a su máximo esplendor, entre el
veinticuatro y veinticinco de abril; ni un pájaro se atrevía a volar sobre esa olla en ebullición. Los techos de los grandes monoblocks parecían contorsionarse, y solo durante las horas de oscuridad, el inmenso conglomerado dejaba de ser una mezcla de diferentes mundos, para ser una gran mancha penetrando y ensuciando la tierra.



En algún día de claridad, junto a la escollera, las personas almorzaban con las hormigas.

Ahí, el sol daba de lleno y algunos aprovechaban para revolcarse en la poca hierba que quedaba, respirándola sin dejar de observar los blancos senos de las mujeres castas. Entre teleteatros y revistas, Alejandro aprendía a desear, lo que los humanos más vulgares requieren con histeria.
Sus ojos negros descansan suavemente sobre un mantel a cuadros colorados, sin importarle las migas del bizcochuelo, que caen desde lo alto y rebotan haciendo ruidos...y así, en la espuma de la cerveza y nuevamente en los senos blancos de una mujer llamada Carlota.
Poco a poco y multiplicándose infinitamente, sus ganas lo dominaron haciendo desaparecer sus miedos. El la desea por sobre todas las cosas, y no se conforma con sentir la aspereza de su campera negra y con mirarla sin descanso.

---*---

Un día de marzo de ese año, Carlota tuvo ganas de parir.
fue repentino, aunque no sorprendente.
En su cuerpo alguien trataba de nacer.
Como la tradición lo indicaba, el niño llevaría un nombre de familia;
de haber sido mujer se hubiera llamado Carlota.
Alejandro pesó 4 kilos.
A partir de ese día... los días simplemente pasaron, la gente no tuvo que ocuparse de cosas que parecieron nunca haber sucedido.
El frío y el cansancio guardaron los pensamientos dentro de cajas de cartón prolijamente antiestéticas.

Alejandro parecía satisfecho de sentirse colmado por una sola mujer, aunque eso significase desconocer la sabiduría paterna que le hablaba de tres. Una siesta llena de paz, dormido con el hijo sobre su pecho, tuvo un sueño en el cual la vida se le representó total e instantáneamente... llegó hasta el vientre materno que tanto había buscado en sus años de desconcierto, allí, en reunión solemne, seis ángeles (tal vez acólitos de Ñamandú) le hablaron de la necesidad de germinar una nueva raza, una cultura del Bien, en la que él sería el virus transmisor... un ángel sin alas, que llegaría a la tierra habitando el cuerpo de una mujer de caderas anchas.
Fue la revelación que le permitió comprender y superar sus miedos.


Cuando despertó, no sintió ganas de vaciar su vejiga, tampoco tuvo hambre, pero tuvo la angustiosa necesidad de encontrar a Carlota para abrazarla y olvidar su sueño.
Alejandro parece no recordar el mensaje recibido; por sobre todas las cosas, se deleita viendo crecer los dientes y las alas de su niño de rostro angelical... casi en la misma medida, disfruta del puesto de galletitas dulces que tiene en la cooperativa de inmigrantes, a la cual llega a trabajar todas las mañanas, chocando su cuerpo y transpirándolo como lo haría cualquier marginal que camina confundiéndose en la masa.




[1] Ñamandú: ...”en medio de las tinieblas primigenias, Ñamandú, nuestro Padre último, último primero, se creó, a partir de una luz que se encuentra en el sitio donde va a estar su futuro corazón”. (De la cosmogonía guaraní).

[3] Deseos elementales, esa era la definición que daban en las instituciones federales de socialización, al proceso normal de maduración psico física.

Adán, el exterminador de serpientes y su pacto con la muerte

I


El venerable cura Pío adoptaba niños como si estos fuesen suyos. Pequeños brotes vegetales, retoños tiernos que crecían como hongos después de la lluvia espesa del Trópico de Capricornio. El, les daba protección.- "Soy un simple intermediario del Señor" (decía) y donde él, los abandonados recibían una comida, ducha y cama a temperaturas adecuadas.

Las criaturas vivían en la casa del Señor; y entre ellas, una que luchaba con sus ruidosos huesos, cuidadosamente envueltos por su piel atigrada, a consecuencia del vitiligo. Curiosidad natural que le permitía mimetizarse sobre el cubrecama de brocados y damascos, que tan gentilmente las damas creyentes habían bordado para su pastor. Allí, el padre encargaba a Dios los hijos para las devotas mujeres. Pío les enseñaba a despojarse del pecado, "dando muerte a la serpiente que llevan dentro". Con gestos clementes les guiaba a un estado de armonía, en el cual las adolescentes aprendían a convivir con las calenturas que ardían terca e insistentemente. Los feligreses consideraban que "nadie más adecuado que el pastor del rebaño", para fiscalizar la virginidad. Era un sello de garantía para las futuras casaderas, quienes en muchos casos dieron al cura una robusta e indisimulable descendencia.

Dentro de ese ambiente caritativo, el niño fue partícipe de los rituales, donde de tanto en tanto, cuando el calor sofocaba, llevaba alivio a los penitentes, apantallándoles enérgicamente con un abanico que más que apagar el fuego, parecía alimentarlo, "hasta chispas salieron" contó alguna vez el niño a sus compañeros.

Desde entonces, Adán tuvo necesidad de exterminar el pecado matando serpientes, para lo cual abandonó el hogar donde tan bien había servido.

II

Soy el exterminador de serpientes. Maté más de las que puedo imaginar. Una mañana de escaso apetito ejecuté a la primera.
Una gran piedra rebotó en la cabeza puntiaguda y azul, desprendiendo uno de sus ojos que rodó sobre la hierba seca, hasta hundirse en un hoyo para espiarme despiadadamente.

Grité y marché arrastrando la boa, asfixiándola con largos besos, para convencerla de una muerte decorosa.

Fue una enorme distancia, en la cual hallé un naranjal, bajo cuyas sombras me detuve a rezar.

¡Ave serpiente, cabeza de papel...!!

Tal vez haya sido eso lo que la despertó; sí, se despertó y a pesar de ser tuerta me dijo...
-¡qué mal te ves!...pero no te entristezcas, después de todo, yo también estoy mal.

III

-¡¡Ekirirí nde rova tavy!!, (¡cállese bruto!) me gritó un pequeño hombre de la ley, que se me acercaba corriendo descontrolado como un vehículo sin frenos - “ché la autoridad” (yo soy el que manda), me amenazó con su cachiporra golpeándose los muslos)

- ¡Ejupi nde tembó¡ (venga acá “infeliz”). ¡No vaya qué tentá tu suerte!, ¿o queré pudrirte en el mismo pozo que tu parientes?

- ¡¡Nó mi capitán!! (le dije aterrorizado al observar sus profundas cavidades oculares, parecidas a los faros rotos de un camión).

- ¿Vo pió no sos de la Liga Agrarias?... ¿Qué e eso de andá matando serpiente?

(Mi escasa altura le permitía pellizcarme una oreja, mientras con la otra mano, el borracho me pegaba tukes (golpes secos y enérgicos sobre la cabeza).

-¡Ya vas a ver cientocho!
[1]

BREVE ENCUENTRO CON LA YARARA

Así, por casualidad llegué a la comisaría del pueblo, donde con el paso del tiempo, se me trató como a uno más de la casa. Era una edificación vetusta, pesada y cuadrada como sus ocupantes. En ese lugar, dentro de una celda, debajo de una cucheta dormía una enorme víbora Yarará1que seguramente sería alguna de las Damas que el cura Pío no logró rescatar del pecado. Ella misma me contó, que las inundaciones del 68 la trajeron a Villa del Rosario.
No sé si por mi proximidad con la Yarará o por pura desconfianza, la gente me llamaba "Sebo´i
[2]".

- ¡Sebo´i!, ¿terminaste de acomodar los huevos?
- ¡Adán!, ¡me llamo Adán! (respondía lacónicamente a la autoridad)

Ese era mi escarmiento, que me cambien el nombre y tener que recolectar los huevos del gallinero de la comisaría; el mismo sitio donde muchos presos purgaban sus condenas. Más de una vez llegué a pensar que serían ellos quienes fertilizaban las gallinas. - "Son huevos de serpientes...de allí van a nacer tus hermanos"; me respondió Benigno Saldivar, mientras chupaba frenéticamente las últimas gotas de su bombilla. Pero como a mi eso no me importaba, me limitaba a acomodarlos en las hueveras, ... hasta que se acordaban de enviarme al patio, allí parado descalzo sobre la tierra hirviendo, esperaba al pelotón de fusilamiento "el que no tardaría en llegar". Finalmente como lo bueno y lo malo tienen un fin, nunca me fusilaron... ¿A quién se le hubiese ocurrido fusilar a un niño, por el sólo hecho de exterminar serpientes? por el contrario, me destinaron a la cárcel de menores. El cabo Cañete fue quién me llevó a internar. -¡Cuídense de éste!, (le dijo al Oficial de Guardia) ¡...ni siquiera sirve para regar las plantas!

- ¿De dónde salió?
- ¡De la parroquia!... el cura lo agarró comiendo hostias! y robando el dinero de la limosna.
- ¿Otro árbol torcido?
- ¡Torcido y abusivo!...se llama Adán, ¡Adán a secas!

Cañete me despidió con suaves palmadas sobre la nuca, igual que cuando se acaricia a un animal; pero ya era tarde, yo prefería la prisión que tenía por delante, que seguir en el gallinero del pueblo, y eso solo, ya era una gran ilusión. ¡Claro! yo no era un preso, pero viviría con ellos con un título rimbombante que me habían enseñado a repetir..."estoy aquí sin expresión de causa", o sea, nadie sabía porqué estaba allí.

A decir verdad me encontraba feliz en el caos, saltando como una pulga, entre animales que luchaban por sobrevivir. Seguramente yo no hubiese hecho nada para salir del reformatorio, hubiese vivido allí toda la vida de no haber sido por una deuda de los guardia cárceles con la chipera...como no había dinero con que pagar, le pagaron con mi persona. A los pocos días la chipera ya no me soportaba porque decía que comía demasiado...y porque a los siete se tiene el pito muy chico.
Así llegué a lo de Catalina, una dama ilustre, que criaba amistades como se cultivan flores.


MI VIDA CON CATALINA

Cuando me bajaron del canasto, ella estaba esperando en la puerta de acceso al pequeño jardín de pastos crecidos, era como una estatua de yeso recién moldeada; detrás suyo, como niños traviesos, los cardos, ortigas y zapallos crecían descontrolados, trepando y lamiendo la pared de la casa rosada, en cuya fachada aparecían salpicadas dos pequeñas ventanas mal cerradas; el único adorno de esa morada, era un letrero de metal que se mecía ruidoso con el viento del Norte. Chapa sedienta, en cuya superficie se podía leer "El Paraíso", y en el borde inferior, "Local de copas -habilitado- registro 275/3 RPI, Ministerio de Salud Pública, año 197..".

Recuerdo que cuando me vio, ella gritó ..."¡Adán llegó al Paraíso!
[3]"

…Al predio bíblico de Catalina, donde creyentes y condenados, desarrollaron profundos vínculos amorosos... Ella era el néctar de los insectos (casa y corazón, abiertos como flor jugosa). Casamentera por naturaleza, logró incontables uniones de conveniencia…
-¡El Doctor Raúl de la Vega te quiere conocer! (le dijo orgullosa a la inexperta Cristina Hermosilla, quién no pudo, ni quiso resistir a la engañosa propuesta).

Les preparó un pequeño salón, el mismo, donde años atrás se reunían las damas de la parroquia a bordar macramé. Té con macitas, limonada azucarada y un cuarto contiguo, con la cama cubierta de tibios deseos.

A Catalina no le parecía justo hacer el papel de celestina o damisela de honor …¡es para darle una alegría a la tontuela de Hermosilla!, (decía a fin de justificarse y asegurar la prosperidad). El Doctor de la Vega recompensó generosamente el eficiente servicio, aportando una vasta clientela, que con el tiempo construyó una sofisticada “casa de citas“; una mini empresa sustentada en los muchos machos cautivos de sus caprichos.

Un seno desnudo, el otro semi oculto por la seda salvaje del disminuido escote, y dos o tres adulones. -¡No es pecado ser bella! (les decía), ellos juraban estar en presencia de una gran Dama, nadie dudaba de sus palabras, linaje, nobleza de raza y corazón.
Así, Catalina no tuvo obstáculos para crear un show unipersonal, para desgracia de sus pupilas, quienes se alejaron en silencio, por temor a la verborragia de la madama.


Fue esa señora mundana, quien me acogió y me enseñó a diferenciar lo estable de lo inestable, lo dulce de lo amargo, y la verdad de la falsedad. Si bien ella era muy sabia, yo no prestaba mucho interés a sus relatos.
Raras veces lograba llamar mi atención, y una de las pocas, era cuando me hablaba de Rigoberto Torales, ....-¡Qué hombre tan bello!... Era toda caballerosidad y energía, nada que ver con el salvajismo de los parientes...¡El nikó era un príncipe azul!; ¡Sí me mojaba toda cuando me miraba a los ojos!...¡nada más que una simple mirada!

- ¡barre bien Sebo´i...allá en el rincón!
- ¡Adán, Señora...Adán..!
- Si, sí, Adán... algún día vas a ser el dueño de todo esto (me decía Catalina, para continuar con mímica emocionada sus historias con Rigoberto).

- El muy cretino me dijo, ¡No creas que te voy a olvidar!, y me sujetó la cara inclinándola levemente a un costado, para poder acomodar sus labios sobre los míos... me absorbió la carne como si fuese un mango maduro, y después...después, me apretó contra su pene que en medio de la oscuridad del zaguán parecía un salame de Milán... ¡Ayyy mi Dios!!.
¡Aullaba de hambre el animal! ... Era una bestia sedienta e infernal, sus ruidos me aturdieron hasta dejarme inmóvil, desequilibrada, apenas sostenida por una de sus manos, que me hamacaba rítmicamente, acompañando sus latidos... todavía recuerdo la rigidez de su cabeza áspera como papel de lija... luego, me acostó sobre las baldosas frías, quedé inconsciente y nada pude hacer, más que observar como se alejaba en la penumbra, mientras me decía. -¡Catalina, no seas ingrata con Rigoberto!

- ¿Rigoberto te quería?
- ...Y claro... idiota, ¿por qué crees que me cogió?
- ¿Pero madrina?, ¿donde está Rigoberto? (le dije, aunque lo que sentía era preguntarle si todos los que la cogían era porque la querían).
- ... ¡No sé, qué se yo!...andará por ahí...con alguna otra mujer.
- ¿Por qué no te casaste con él madrina?
- ... ¡Es que se iba a casar con mi hermana el muy desgraciado!...¡yo apenas tenía doce años! y Eugenia catorce recién cumplidos... La pobre lo esperó nueve años...y hasta su último aliento de vida, cuando la enfermedad ya la estaba llevando, ella pronunciaba el nombre del muy cobarde. ..¡Pero todavía le quiero!... Yo sé que va a regresar (decía con aparente optimismo, pero no podía evitar transmitir una tristeza profunda, angustiosa, al extremo de quedar sin voz, hasta desvanecerse entre sollozos entrecortados).
- ¡Dios lo quiso así!...¡Dios lo quiso así! (Insistió, acariciando una inmensa Biblia de cuero, tan grande como el espejo frente al cual se hablaba en las mañanas). Y siguiendo con sus sollozos dijo, - ¡Siempre la leo!...¡A veces recito el Génesis!... ¡A los cuates!
[4] (acotó) Es bueno que sepan de donde venimos y a donde vamos.

Yo conocía mucho de angustias y prefería no escuchar las de Catalina, solo quería evitar esa situación y descansar de ella y sus amigos, quienes no perdían oportunidad para hablarme en vos baja intentando ocultar sus delitos.

- ¡Escucháme Sebo´i!, ¿te gustaría ir los domingos al estadio... y reventarte la panza comiendo bollos de guayaba?... Ehhh¡, ¿que pensás de tener a alguien como yo?...¡un ángel de la guardia!

Me esforzaba por imaginar al obeso señor Crespo, volando como un ángel, pero a lo sumo se me representaba una de esas uras negras que depositan sus huevos sobre el ganado enfermo. Crespo me acariciaba la cara, sujetándomela contra el gran abdomen, púdicamente cubierto por una camisilla de algodón que olía a jazmín mañanero, mientras me hacía escuchar los ruidos cloacales de sus infatigables intestinos.

- ¡Pensálo "Adanito"!...los tres seríamos muy felices.

IV

Entre los visitantes "al local de copas" (el quilombo, como le decían los compañeros de la escuela), había de la más amplia variedad, Fulgencio Martinez, Clodomiro Ramirez y otros, pero los más notorios eran Rafael Acuña Leiva y el “Lekayá”. Acuña Leiva era egresado de la Pontificia Universidad Católica; “Egresado” decía él, no sé que significaba eso, lo que más impresionaba era su forma pausada, casi melódica de hablar y sus modales refinados, casi siempre utilizados para propagar las ideas de un “tal” Hernando de Soto; ese pequeño libro, “el mamotreto” como le llamaba Catalina, lo narcotizaba, igual que cuando fumaba marihuana. De vez en cuando nos leía en vos alta: -“Hasta en los países menos desarrollados, los pobres ahorran. El volumen juntado por ellos es inmenso: 40 veces toda la ayuda exterior del mundo desde 1945”....(decía Rafael con voz firme y académica) A decir verdad no le entendí, nunca le entendía y seguramente porque yo no era egresado como él. Finalmente, cerraba su libro, como hacía el cura con el misal, para luego ingresar con paso marcial en la pieza de la madama.
- “Imagináte Catalina, ¡la fortuna muerta que tienes entre estos ladrillos!!” (se seguía escuchando, hasta que ella cerraba la puerta)... sin lugar a dudas, ese cliente era un genio). Contrastando con la admiración a Rafael Acuña Leiva, había un visitante que me causaba temor, tal vez, no por su apariencia descuidada, seguramente producto de malos tiempos pasados o por causa de alguna enfermedad típica de los ancianos; sino por las descripciones de Catalina acerca de ese cliente a quien nunca atendía. - ¡Tené cuidado con el lekayá... es de los que roban criaturas!

Pero el viejo tenía un encanto particular que se apreciaba no solo en sus grandes manos rugosas, sino en la mirada tierna de su perro. Yo me decía, ¿cómo un señor malo, puede tener un perro tan bueno? Fue por eso que me animé a preguntarle, -¿Cómo se llama?
- Rigoberto...¡es más fácil hablar con un perro que tiene nombre de persona, que hablar con una persona!
- ¿Porqué?
- ¿Porqué no le preguntás a la putona
[5] de tu patrona?... (Dijo sobresaltado, sorprendiéndome, como si me hubiese dado una cuchillada por la espalda)
- ¡Señor ...eso es pecado!
- ¡Ella es el pecado!...¿O no le viste las tetas?...¡Algún día vas a tener que pagar por ellas!, ¡vieja víbora! (dijo destilando aroma a caña blanca).
Mas lo escuchaba y más me desesperaba el trato que le daba a mi madrina.
- ¿Y vos quien sós?
- Adán... el criado de la señora, (dije apretando temblorosamente mis puños ...¡Y si este viejo tiene razón!, se me ocurrió pensar, ¿será que algún día tendré que pagarle?... Esa posibilidad me inquietaba, pero a la vez me producía una suave corriente eléctrica entre el pene y la nuca... Algo así como comer mangos fríos, desnudo en el borde del arroyo).
- ¡Y Rigoberto!... ¿cómo perdió la pata?...(le pregunté para cambiar de tema)
- ... Se la cortaron para acompañar la mandioca; ¡sí!, recuerdo que llegó llorando como un niño al que le robaron su juguete... rengueaba el infeliz, dando vueltas en círculo, buscando un rincón donde morir,... le tuve que hablar mucho para hacerle olvidar.
(El viejo hablaba, pero yo solo pensaba en Catalina)
- ¿Y usted viene hasta aquí para ver a .... a la putona?
- ¡Pero que decís cretino!, ¿pero vos quién te crees que sós para usar ese lenguaje? (dijo rojo de furia), luego respiró profundo un par de veces, para perdonarme.... - Yo la sigo esperando... Ella vendrá a vivir a mi casa de sueños ...junto con su cachorro.
- ¿Otro animalito?
- ¡Si! (dijo mirándome con los ojos plomizos).

Luego de la confesión del viejo, comprendí porqué Catalina me había mantenido alejado de él, de "el Lekayá", así le llamaba .

V

La gripe o la anemia, me afectaban menos que el contacto con personas como el "Lekayá" . Los días como las caras de los clientes, transcurrían idénticos, nada o nadie había cambiado en los últimos años, el pasado era el presente y el presente se diluía en los olores que manaban de la madama y sus amigos que reposaban en la cama almidonada. Alguna vez, Catalina se levantaba para recitar en voz alta y gesticular bajo una lámpara que flotaba como una boya en un mar negro e infinito...

- ¡Ámense como yo me amo!

Oculto en el ojo de la cerradura, la veía practicar movimientos estomacales, rítmicas ondulaciones que le ayudaban a digerir las carnes grasas de la clientela. Mi información no era mucha como para entender sus rituales, pero sospechaba de las influencias de las revistas dominicales... Yo la espiaba, para luego imitarla frente a un espejo enmohecido por el aliento de mis besos. La putona me observaba desde lejos, controlando mi mirada acuosa, plena de tristezas ante la certeza de no poder acariciar sus tetas.

- ¡Qué finura Catalina!! (se decía a ella misma), mientras hundía su meñique en un cilindro de lata, manchando sus dedos con el colorete que le pintaría los cachetes; entre pausa y maquillaje me dedicaba un comentario.
- ¿Estás calentito...?
- ¡Catalina!, ... ¿vos solo pensás en eso?.... ¿Es que nadie te sacó las ganas? (Le dije tibiamente, para ocultar mis propias faltas).
- Pero que decís insensato!!, ¿vos crees que sacarse las ganas es como sacarse una muela? (gritó, para luego cantar con melodía afiebrada)
- ¡Fumando espero... al hombre que yo quiero...! -Mirá mita-í
[6], vos tenés que estar agradecido conmigo, yo te saqué del reformatorio, a vos ni el cura te aguantó en la parroquia... así que no me hagas preguntas pelotudas.

VI

CATALINA CUMPLE AÑOS

Un dieciséis de junio festejó su cumpleaños, inmejorable ocasión para justificar sus bailes de disfraces; allí los elegidos se mostraban tal cual querían; así, el Presidente de seccionalse vestía con largos tacones rojos y vestido de tul, y el gerente del Banco de Fomento se disfrazaba de gala con casco de bombero, imagen lustrosa y poderosa que arrancaba suspiros al hijo del despachante de Aduanas, un tal...Miguelito Von Tetta. El onomástico era una simple y repetida excusa para recibir clientes. Si no era el 16 de junio, era el 7 de mayo, o el 23 de octubre, 10 de agosto, o 4 de julio.... Catalina era de tauro, Géminis y Escorpio, según su estado de ánimo.

"El Paraíso", cuya existencia era cada día más difícil, se volvía señorial con los festejos; para los cuales Catalina, (respetando su estricto protocolo) se vestía con un traje de "madama cortesana". Así, apropiadamente enfundada, disfrutaba el curativo aroma de la marihuana; no había rincón en la casa que no haya sido impregnado con el vaho de la infusión, que desde una pava eléctrica trepaba hasta el inalcanzable techo; rememorando aquella siesta cuando la desvirgaron en playa Purificación.

Mimetizado entre los cortinados, yo como los otros, escuchábamos a Rafael esforzándose por ilustrarnos con estrofas de su libro “sagrado”...-“En medio de sus propios barrios populares y barriadas, hay, ya no hectáreas de diamantes, sí millones de dólares”, (leía en voz alta y salivando agua enjabonada) Mientras tanto, me deleitaba con rítmicas caricias al miembro, como si fuese un cocinero que extiende la masa cruda del pan.

- “¿Cómo dijiste que se llama el autor? (le preguntó con sorna, el Señor Diógenes Alterio)
- “¡Hernando De Soto!...quien además, es la admiración de gente como...Fridman, Coase, y Margaret Thatcher”. (Dijo orgulloso Rafael).
- “¡Koa la nde tarová...!” (gritó Diógenes).

Yo, sin embargo sentía respeto por los dichos de Rafael, y si bien no tenía ni idea de quienes serían Friman, o Margare Tacher, me imaginaba a la tal Margare como a una mujer blanca, hermosa y con tetas enormes... como las que aparecen en el cine. Y así, entre disquisiciones y sobadas, espiaba a los otros que iban llegando en cuenta gotas; hombrecillos éticamente neutros, aunque esposos cariñosos. Hacía tiempo que había dejado de creer en ellos y en el cuento de Catalina, quien me aseguraba que las visitas nocturnas eran de los reyes magos, así, justificaba los regalos que recibía. Años más tarde me enteré que el negro Baltazar, era un tal Jerónimo De los Santos, que Melchor era un ferretero de apellido Candia, y que Gaspar era un próspero abogado de apellido Galarza.

VII

El salón olía al perfume de ácidas manzanas verdes. La noche se presagiaba violenta, como una más de las epopeyas vividas durante las batallas carnales. Como una actriz, ella aguardaba "tras bambalinas" el momento preciso para dar inicio a la obra, retocando cuidadosamente tres peludos lunares pintados para la ocasión. Detrás suyo, yacía aturdido de tanta exaltación, mi cuerpo vencido de niño en adopción. Cuando la puerta se abría como una pesada concha de nácar, aparecía la joya más preciada ...Catalina Esculapia, Pikova, ante la mirada embobada de los amigos (como ella les llamaba).

- ¡Pero esto no es erótico! (Gritó y se paró para discursear agarrándome de un brazo)
- ¡Ninguno de ustedes podría aguantar uno de mis movimientos estomacales!
- ¿Acaso vos Rafael? (le dijo mirándole con sus ojos de nubes de tormenta)
- ¡Creo que no! (Respondió apretando los labios para no perder la dentadura)...Yo Soy un hombre mutilado en el proceso de la fe, la vida obscena y pública me atemoriza. (Sentenció, mientras unas lágrimas fáciles mojaban sus mejillas, para regocijo de los demás excitados concurrentes quienes nunca habían logrado comprender las debilidades de Rafael).

- Quiero expresarle Catalina...

- ¡¡María Antonieta!! (gritó Catalina interrumpiéndolo bruscamente)

- ¡Ciertoo!!, Quiero expresarle María Antonieta...¡como nunca antes lo hice!, ...yo soy un anárquico religioso, un ser dudoso de la propia existencia; no sé ¡tal vez un existencialista!...

Catalina lo miraba a través de sus dedos que ocultaban su sonrisa de Monalisa, mientras pensaba en las ridiculeces que debía escuchar para poder pagarle las deudas al farmacéutico.

- ¡María Antonieta!, yo soy un hombre de súplica...

- ¿En qué quedamos Rafael?, ¿sos un hombre de súplica o un mutilado de la fe?

- ¡No, nó!...¡escucháme Catalina!... Construyamos un hogar, hagamos de él, una capilla sagrada...las condiciones están dadas, discúlpame que vuelva a mencionar a Don Hernando (dijo sacando el libro del bolsillo de su saco a rayas, verdes y marrones...acá está, pagina 70...acá,... “Así como Einstein nos enseño que a través de un ladrillo de uranio se puede liberar una inmensa cantidad de energía, en forma de explosión atómica. Por analogía...”

- ¡Pero Rafael...! ¿qué van a pensar nuestros amigos? (dijo Catalina con tono benévolo)
- ¡Nó, nó!... Escúchame Catalina... Déjame terminar...”por analogía, el capital resulta de descubrir y desencadenar la energía potencial de los millones y millones de ladrillos que los pobres han amontonado en sus edificaciones”.

- ¿Terminaste ya?...(le preguntó con indisimulado fastidio).
¡Catalina, María Antonieta!, (Rafael se arrodilló, más que por suplicar convincentemente, por lo difícil que le resultaba contener la orina) Catalina, María Antonieta ¡quiero ser un hombre puro... convertirme en tu refugio y salvarte del cruel destino!

- No creo que lo consigas leyendo pelotudeces. (Sentenció Catalina, quien dando un largo paso de baile, se alejó del aguafiestas Rafael, para asirse de la corbata negra de Joaquín).

- ¿Y vos Joaquín?, ¿hasta cuando el luto?... todos recordamos tu fama.

- Eso era antes del recalentamiento de la tierra, ahora prefiero ir al cine con alguna de las señoritas, que veo pasar todas las mañanas frente a mi balcón de la calle Ayolas.... son muy lindas y les gusta ir al matiné.

El dedo índice de Catalina, levantó el mentón de Joaquín y reventó sus labios con un beso,
- ¡Me encantan los hombres románticos!

En un rincón del salón, Rafael se estaba debatiendo en una lucha atroz contra la orina. Lo contemplaron moderadamente, y luego se tomaron las manos e hicieron una ronda hermética, mientras del tocadiscos se escuchaba...."galopera...baila tu danza hechicera...!”

A esa altura, los pensamientos y los deseos nadaban en alcohol – "allí se conservan mejor" (decía Catalina), quien como casi siempre ocurría, terminaba la noche irremediablemente reconfortada por los choferes de sus dormilones clientes, a quienes ella les llamaba "los ángeles custodios".






VIII

LA LLEGADA DEL FRÍO

En vísperas de acontecimientos religiosos llegaba la tregua, ¡por eso adoro al Patrón Señor San Blás
[7]!, ... ese fue el tiempo cuando Catalina me adoptó, previa entrega de una docena de vestidos de fiesta; lo que causó gran satisfacción a la chipera, quien como muestra del acuerdo me "obsequió" en una típica canasta navideña, repleta de melones y mamones. Ahora tengo la cuarta parte de los años de Catalina, soy inmenso, opulento, ya no recuerdo mis primeros tiempos, salvo los picantes que me daba de comer, para hacerme fuerte y disfrutar el papel de hijo por encargo.

Esos últimos años fui sufriendo transformaciones, -¡es natural! (me decía Catalina).
Para mi no era muy natural haberle dejado de temer, y a cambio, solo sentir necesidad de recibir el trato de sus clientes...

- ¡Pero eso no se puede!...¡es solo por cuestiones profesionales! (Me dijo ella, sin saber lo que escuché de su conversación con Don Ramiro Acosta);

- “¡Así que lo querés desvirgar al nene!”, -¡Y si..., ya va a cumplir los trece, y nadie mejor que vos para iniciarlo!(le respondió Don Ramiro)...-“Bañálo bien que yo voy a tu casa a hacerle un regalito” (Le dijo ella con tono maternal).

Para mayor desgracia, el hijo de Acosta (le decíamos Kure hú
[8]), era mi compañero de banco en la escuela.

¡Tarde o temprano tendré ese culo grandote! (Le dije cargado de resentimiento y sintiéndome el más infeliz de todos los infelices)

- ¡Enfermo!...¡degenerado!... ¡si en realidad me quisieses, serías dulce y cariñoso!

La contemplé extrañándome de que hubiese podido vivir con ella tanto tiempo; su pelo rubio se aplastaba como pasto quemado bajo los largos rulos rojos de su peluca, tenía naricita de "poroto manteca", toda ella se estaba reblandeciendo pero lo disimulaba con maestría gracias a sus altos tacones y a las fajas magistralmente aplicadas. ¡Un montón de ruinas! que ni siquiera me daba resquicios de esperanzas. La decepción y los rechazos reflejaban lo inaceptable... Ella nunca sería mía, y a pesar de eso, el sabor en mi garganta era dulce como un merengue de vainilla.

-¡Mujer insensata!, ¡ingrata!... ¡te mueres antes que traicionarme! (repetía y repetía dándome golpes en el pecho mientras aprovechaba a llorar bajo la ducha del vestuario del club "El Progreso”; allí podía disimular mi tristeza mezclada con el agua, sin que nadie lo note, no podía darme ese lujo, menos donde todos admiraban mis “notables condiciones de futbolista”).

Con el paso de los días, los deseos de asesinarla se convirtieron en una idea recurrente, obsesiva... Serían muchas las posibilidades, la primera, quemar sus ropas y pelucas, matándola de angustia (eso sería insoportable hasta para mi)...¡o talvez!, inducir a algunos de sus clientes a que lo haga, inventando alguna historia que justifique semejante acción. Por último, matarla yo mismo y preparar evidencias que inculpen a alguno de sus leales... Me quedaba por pensar, la no fácil tarea de elegir al cliente con más debilidades.

Por las noches, a pesar del agotamiento físico que me causaba desempolvar la casa y repasarla, me hacía de tiempo para dar forma al plan que me liberaría definitivamente de Catalina. ¡Es que con la vejes se está poniendo arrogante!,... Es una vieja con las carnes fofas (me decía tratando de alimentar mi rencor y desprecio).

¡El gordo Gomez!... ¡Nó!, ¡ése no sería capaz de matarla!.... Todo el mundo sabe de su bondad y devoción hacia Catalina....el abogado Galarza, ese podría ser... ya que cuando se emborracha se vuelve agresivo, además podría matarla con un golpe de llave inglesa. La misma que utilizaron contra nuestro país los de la triple alianza.

Al otro día, como quien no quiere la cosa, le pregunté a Catalina, ¿qué era del Señor Galarza que hace tiempo que no le veo?

- Námbrena...Adán..."Papucho Galarza se murió de un ataque al corazón, cuando le estaban operando de los riñones...¡pobre angá!...demasiado bueno nikó era".

Tal fue la decepción al escuchar la noticia, que me bajó la presión y quedé pálido.

- ¡Vos le querías!...¿verdad? (me dijo Catalina, seguramente pensando que la decepción se debía a motivos más nobles).

Ese día pasó como todos los otros, y cuando ya nadie quedaba, busqué refugio saliendo al patio, donde me dispuse a tomar mi quinto plato de Borí-Borí. Entre cucharada y cucharada, observaba la casa de color rosa, que con la noche azul se volvía ligeramente púrpura. Un silencio pesado se abatía sobre los techos, dejando caer sollozos desde las tejas. Era una noche aromática como la boca enorme de la serpiente; bajo su guía maternal pensé en mis planes plagados de dudas... aunque finalmente decidí mantenerme firme, como la única forma de lograr la libertad.

Pensaba y pensaba sin dejar de mirar la casa y los helechos colgando de macetas sostenidas con alambres a las vigas del corredor. ¿y si Rafael tuviera razón?... ¿Si de uno de los miles de ladrillos de la modesta construcción se pudiese producir una montaña de dólares? ¡Talvez yo podría escaparme con algunos ladrillos de uranio, que seguramente se encuentran en los cimientos de éste quilombo! (Me repetía rítmicamente sin dejar de pensar en la muerte de Catalina).

-¡¡Rafael!!... sí, Rafael es el candidato, él es quien públicamente sufre las burlas de Catalina, él es quien tiene motivos para vengarse y asesinarla.(Me sentí eufórico y atribuí la brillante idea, a la evidente influencia de la yarara).


IX

Al día siguiente modifiqué mi camino de rutina, para tocar el timbre de su casa... Allí estaba él, arreglando una de sus cajitas de música, pegándole una pequeña bailarina de cerámica .

-... El viento del jueves pasado la tiró del aparador... ¡Pasá, pasá, no te quedes en la puerta!.(Dijo sin descuidar su tarea)

Dejé mi bolsa de los mandados sobre una banqueta de mimbre, y me serví agua de la jarra del tereré
[9]; tragué lentamente, con la esperanza de recuperar las palabras que me habían quedado pegoteadas en la garganta.

Rafael se adelantó diciéndome, - !!Mi querido.. ¡, ¿Te entusiasmo el libro?.
- ¡Sí! (Le respondí al instante).
- ¿Sabés que pasa Adán, estamos inmersos, no en la miseria material, sino en la espiritual, no querría parafrasear a Hans Gert Braum...un periodísta (dijo Rafael con suficiencia)...¡un muy buen periodista! (acotó)...este libro mi estimado Adán, “ es un libro revolucionario que muestra que la mayoría de los pobres no son realmente pobres, sino que simplemente están discapacitados”...¿A vos te parece que el gordo Gomez, o Diogenes Ramirez se escapan a la regla?... ¡Son unos brutos!...

Rafael hablaba tan convincentemente que no dudé en apostar a favor de su teoría, la que me permitiría con algunos ladrillos de uranio, decir “chau” a la pobreza y a la incomprensión de Catalina.

- Hasta acá estamos de acuerdo!... ¡Pero no me pidas torcer la verdad!...Yo no podría reemplazar el amor a una mujer por la traición... mis solos deseos son los de compartir algunos buenos momentos con ella... Simplemente añoro darle un beso tierno... ¡Pensar que se está opacando por la ingratitud de un oscuro miserable!.

- -¿Quién es el miserable de la oscuridad? (Atiné a decir)

- ¿Quién más que vos Sebo´í?, acaso no te diste cuenta que todo lo que ella hace es para cultivarte, para redimirte.

- ¡Pero...!, ¡Yo soy su víctima!

- ¿Porqué tanto rencor jovencito?

- ¡Porque todo fue una mentira!.
- ¡Y si yo te digo que vos sos la mentira!...
- ¡Yo soy el hijo de la serpiente!, (imploré desesperado sabiendo la autoridad moral del egresado de la Universidad Pontificia).

- ¿ Matarías a quien amas?

- ¡ He matado cientos de víboras! (dije con la firmeza de una columna)

- No eres el único que la quiere para sí; el Lekayá, no es otro que la mismísima muerte que desde hace tiempo la viene a buscar.
- ¿El Lekayá? (le pregunté incrédulo)-...¡el Lekayá no podría ser la muerte!
- ¡Ahh nó!, ¿y quién podría ser tan persistente?, no le viste los ojos, las manos sin piel, su vos de ultratumba, su olor a cementerio?
- ¿Y porqué todavía no la llevó? (Le pregunté con la vos temblorosa)
- Por el cariño del perro Rigoberto a Catalina. Es confianza mutua entre ambos, ella dice que el perro es la reencarnación de su primer amor... por eso lleva el mismo nombre que el prófugo Torales, además, gracias a sus encantos le exigió tiempo para terminar con la misión de rescatarte.
- ¡A mi!... (Dije incrédulo).
- Ella tiene la certeza que cuando lo consiga, habrá expiado sus culpas y afrontará la muerte con la tranquilidad de quién sabe, tiene como seguro de vida, la eterna morada del paraíso. .... Así que imagínate muchachito... ¡Si ni la propia muerte la pudo matar!...

Fueron sus últimas frases, luego enmudeció y descansó bajo sus párpados blandos. De ahí en más, me hundí en su mismo silencio y me limité a cumplir las tareas domésticas que imponía la patrona. No podía tomar a la ligera las historias de Rafael, por lo que empecé a mirar a Catalina como a una amenaza para mi futuro. Finalmente, ¿no tendría yo el valor de matarla en soledad?

Con los días comprendí quién era yo para ella, y teniendo en cuenta el relato de Rafael, vi la conveniencia de aliarme con el Lekayá, . ... ¡La perfecta venganza sería depositarla en los brazos de la muerte, la que a cambio me daría la libertad. ... Al fin y al cabo, alguien como ella, no podría satisfacer los deseos de alguien como yo!

X

El Lekayá tenía un hábito que cumplía con precisión de relojería, todos los jueves aparecía por el "Paraíso". Su perro Rigoberto le seguía de cerca, apoyándose firmemente sobre sus tres patas. Sin decir palabra alguna, se sentaba en una silla ubicada en el pasillo, entre el salón principal y la habitación de los placeres. El hombre parecía aceptar resignado la espera impuesta por la madama. Aquel día había llovido sin parar, y las gruesas gotas reventaban sobre la casa produciendo chispazos de agua contra la estructura que parecía a punto de ceder. Sin embargo, y a pesar de su aspecto enclenque, allí estaba el Lekayá...ni esta tormenta lo detuvo me dije, y pensé en las palabras de Rafael "y quién podría ser tan persistente?, no le viste los ojos, las manos sin piel, su vos de ultratumba, su olor a cementerio? " A esa altura ya no tenía dudas, él era la mismísima muerte. Con temor pero con esperanzas, le pregunté.- ¿Desea algo la muerte?
(Se quedó mirándome un instante eterno, seguramente sorprendido ante mi conocimiento)

- ¡Pásame una toalla, que tengo mojadas hasta las bolas!.

Siempre tan agresivo (murmuré), pero yo no pensaba enfrentarme a la parca... ¡A ver si cambiaba de idea y me llevaba a mi, en lugar de a la madama!, así que me esfumé para volver a aparecer con una toalla y con una copita de caña blanca.

- ¡Para servirle! (le dije sabiendo que los dos teníamos el mismo objetivo).

El Lekayá aprisionó el vaso de vidrio entre sus dedos toscos como tenazas, "esas manos jamás habrán dado cariño" (pensé) y luego me avergoncé al darme cuenta, que la muerte no tiene sentimientos. Esta tenía las uñas crecidas y ligeramente curvas como las garras de un tigre, su nariz se apretaba contra el labio superior para sorber las últimas gotas de alcohol, y después pasar la lengua por el fondo opaco del vaso.

Me quedé parado ante ella, esperando alguna palabra, pero ésta no hacía más que acariciar el cuello de Rigoberto. Ese día llevaba un saco marrón como las hojas del tabaco, debajo del cual seguramente ocultaría una pistola o talvez una daga filosa... Como era temprano y Catalina jamás lo atendía, me hice de tiempo para acercar un banquito de la cocina, luego, tomado las pocas fuerzas que quedaban en mis piernas, le conté todo lo que Rafael me confesó.

- .....¡Entonces!... Como le dije, no quiero que Usted rompa su acuerdo con la Pikova,...¡eso no!, ¡de ninguna manera!, seré yo quién le de muerte, pero a cambio quiero "Larga vida, Fortuna y Libertad " (dije demostrándole que era un joven de "armas tomar").

- ..."Eso es lo que necesito yo" dijo la muerte, mientras se alejaba hacia el baño, donde como siempre permanecía durante largos períodos... No pude evitar pensar en los ritos satánicos y los contactos con el más allá, desde el water de loza blanca, inmenso y florido como un trono.

Tiempo más tarde, Catalina Pikova, salió de su habitación, seguida de cerca del perro Rigoberto, quien sin disimulo se lamía los testículos.

XI

Como aprendí mucho más tarde, los sabios esperan sentados el paso del cadáver de su enemigo. La suerte estaba echada, mi destino estaba escrito... Yo no precipitaría lo inevitable. Y así fue... Vi la luz cuando todo era oscuridad.

Era lunes de madrugada, no más del primer amanecer, todavía quedaban gallos por cantar; el calor estaba aún adormecido, y yo caminaba a tientas entre las paredes y la penumbra. Cuando todo hacía pensar en la rutina, percibí en un rincón del salón, las pequeñas quince llamas de las velitas de una torta de confitería. Me había olvidado, ¡ya tenía quince!. Me sentí en falta con mi madrina, y con la vergüenza a cuestas me dirigí a su pieza. La puerta estaba entreabierta, tanto, como su robe de chambre negra con dragones rojos; ella me esperaba con los brazos abiertos, dejándome ver sus intimidades.

¡Feliz cumpleaños! (me dijo encendiendo el long play preferido de Agustín Lara).

XII

"Puesto que ya muchos han intentado escribir la historia de lo sucedido entre Catalina y Sebo´ i, según lo que ha sido transmitido por los que desde el principio, fueron testigos oculares y partícipes de festividades, me ha parecido también a mi, después de informarme exactamente de todos los orígenes......
Lucas. (Alias, Kuré–hú de Barrio Obrero, nó el apóstol)

XIII

- ¡Adrían!...¿Te acordás del Lekayá,... ¡de su perro!... ¡Adán!, ¿me escuchás?

No la escuché, porque sus palabras ya no me servían; simplemente recordé a los pequeños seres del reformatorio, y como parte de ese pasado, me escondí entre las ruinas para lamer la arcilla húmeda de Catalina; lentamente y con sigilo entré en ella... como alguien que vuelve a una casa que no visita desde la niñez.

- ¡No me arañes, no me asfixies por favor!! (susurraba en mi oído, mientras yo disfrutaba anonadado el interminable verano de su aliento).

Y ella empezó a hablar: - "Esta vez sí, es hueso de mis huesos y carne de mi carne".
- Calláte...¡vieja loca!, ¡a mi no me vas a seducir como hiciste con la muerte!.

- ..."por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer y serán una sola carne...."

- Ekiririna...guaimi-vaí!!
[10], (le dije mordiéndole el cuello).
- "...Y estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban."

Fue una jornada intensa que se fue apagando con las últimas luces, y antes que la noche se aleje definitivamente, perdí algunas lágrimas que se congelaron en su mirada.... Ella parecía dormir para siempre con los recuerdos esparcidos en el desorden de su cama. Ceremoniosamente logré colocarle la peluca de largos y caudalosos mechones y opté por contemplarla, sujetándola fuerte de las manos para darme valor, y repetirle la letra que sonaba del disco de Lara “...Porqué pretende odiarte quien te adora, porqué vuelve a quererte quién te odió... Porqué te hizo el destino pecadora, si no sabes vender el corazón...”

Por algunos instantes seguí girando sobre el disco rayado; después, respiré profundamente todos los secretos y vivencias celosamente guardados en la habitación, y descansé luego a su lado mi historia de enamorados. Enroscado entre sus brazos le hablé como quien conquista lo eternamente añorado; frases dulces, confituras exquisitas que resbalaban sobre su cuerpo enfriado. Volví a respirar profundo mientras abría el arcón de sus secretos, fotos borrosas de mujeres preciosas, una niña divina... seguramente Catalina, un hombre gacho... seguramente su abuelo, un bebé desnudo sonriendo descaradamente... seguramente algún amante, un diploma dorado de un curso de cocina, un papel rugoso, escrito con lápiz de punta gruesa.... Ya no tenía ganas de hurgar en su pasado; ella sabría perfectamente que jamás la hubiese estafado, por eso, y aunque me dolió, con los puños cerrados dejé sobre su mesa de noche, 32.000 guaraníes que era lo tarifado.

Con inconfundible desgano me terminé de poner el pantalón, y me hice de tiempo para absorber el resto del último cigarrillo apagado sobre el colchón. De pie, a su costado, tuve la sensación agónica de estar observando a un animal devorado por el hambre de una bestia infernal... le tuve lástima, pues vino a mi memoria su amarga historia con Rigoberto; sentí compasión por todo lo que perdió al haberme ignorado. Como aquella vez a la serpiente... le resé con respeto, apenas pudiendo tragar saliva por la emoción... Por lo sucedido y por suceder. Y con la sensación plena de haber cumplido mi pacto con la muerte, abrí lentamente la puerta que daba a la galería; y con gran exaltación observé detrás del revoque faltante de las paredes, a los ladrillos dorados de mi porvenir,...Allí estaban, perfectamente alineados aguardando mi salida; puse pues mis pies sobre sus baldosas y repentinamente escuché.

- ¡Adán!, ¡gran carajo!... Repasá el piso de la galería... Y sacále el olor a clericó, y después tráeme un cocido con leche... ¡Y cerrá la puerta que tengo sueño!! (Gritó Catalina, sin darse cuenta que para mi ya estaba muerta).

XIV

Adán llegó a Lugano, de la mano de Orlando Alegre, próspero empresario paraguayo, que de músico de restaurantes suburbanos, se convirtió en promotor de futbolístas.

Adán Escurra era un joven impetuoso, quién de no haberse roto los ligamentos de la pierna izquierda, seguramente hubiese llegado a triunfar en las canchas de la Confederación.
Cómo joven con buena estrella, recibió la ayuda y comprensión de una madura profesora de literatura, de la Universidad de Berna. A los sesenta años, Ursula Steiner estaba comenzando a pensar en la jubilación, pero eso no disminuía el interés que sentía por el joven latinoamericano, a quién acogió con mesurada pasión, en el cuarto de huéspedes de su casa.
Ursula hablaba como las locutoras de la televisión, y como si con eso no bastase, realizaba con maestría, ejercicios de danza clásica, apenas vestida, lo que deleitaba y templaba el corazón de Adán.

La profesora dedicó muchas horas al joven. –“Mi amigo paraguayo”, era su fórmula de presentación cuando se juntaba con colegas, quienes también se deleitaban con jóvenes parejas de mestizos americanos; todos ellos, sufridos, infantiles y agradecidos, (al menos, eso era lo que pensaban los universitarios europeos).

Tuvieron que pasar varios meses para que la Steiner lograse comprender el mensaje evangélico, oculto en el mundo de su huésped.

- “Adán, ¿Te sirvo más carne?”
- ¡Nó mi reina... ya estoy lleno!
- ¡Bueno!... ¡Seguí contándome de tu infancia y la forma como llegaste a lo de Catalina!...¿Sí?. (Dijo Ursula Steiner con tono comprensivo, bajando el volumen de la música que Adán le regaló después del primer encuentro amoroso entre ambos; a ella todavía le quedaba el gusto de la marihuana mezclada con los boleros de Agustin Lara)

- ...Y...¡Y bueno!... ¿qué querés saber?
- ¡De vos!, ¡de tu vida! (Ursula prendió el grabador para registrar la voz nasal de su amigo)

- ...¡Soy el exterminador de serpientes...!




[2] Sebo´i, (anquilostoma que penetra los pies de las personas descalzas de las regiones tropicales).
[3] Paraíso: Lugar en el que nadie cree, pero al que todos quieren llegar.
[5] Putona - la que todos querríamos gozar.
[6] Mita-í: niñito, en idioma guaraní.
[7] San Blás: patrono del Paraguay.
[8] Cerdo negro en guaraní.
[9] Tereré, (o té paraguayo), preparado con yerba mate o “ilex paraguariensis”, se bebe helada a todas horas del día.
[10] Guaimí vaí: vieja fea en guarani.