lunes, 12 de marzo de 2007

La importancia de llamarse Jean Baptiste Pororó




San Antonio, 17 de diciembre

Mi querido Coco: No sabés lo contenta que me puso tener noticias tuyas, ¡estaba tan preocupada mi hijo!...pero bueno eso ya pasó, ....y no te voy a regañar, voy a respetar tu pedido "¡no me reproches abuela!"... ahora estoy tranquila y aunque no estés aquí, voy a poder pasar las fiestas en paz. ¡Demasiado mucho me preocupé!

Coquito, me gustaría que me cuentes como estás, y si comés bien....no quiero que te alimentes solo con galletas. Quiero que sepas que Rintintin, está muy bien, siempre le doy albondigas con arroz....claro, desde que no estás aca, sobra la comida... aunque el jaguá-i este viejito, me sirve de compañía, todavía sigue corriendo a los gatos de la modista.

A Gregorio le pedí que pinte tu pieza (ya trajo la cal), así va a estar linda para cuando vuelvas, lo que pasa es que estando vacia se llenó de humedad, lamentablemente se arruinaron los poster de Olimpia Campeón, y de esas chicas del taller mecánico (los tuve que sacar).

Sabés Coquito, tía Gladis y Ña Porota, se pusieron verdes de envidia cuando les conté lo bien que te va allá en Mambolasi. Pero quiero que me cuentes más de allí, y de ese señor Comandante...debe ser muy bueno para tenerte como a su hijo. No quiero que pienses que tu abuelita es boba, pero miré en el mapa y no encontré el país donde estás...¿es al lado de Brasil?

A la que no veo desde que te fuiste es a María, creo que el padre estuvo mal del corazón y le llevaron a internar en el adventista, pero no sé, ellos son medio "chuchis". Para cuando vuelvas, tenés dos cartas (bien cerradas) de un tal Marcio, las guardé debajo de tu colchón, junto con tus figuritas y el albúm de los artístas de la televisión...no creas que abuelita Virginia se va a olvidar de cuidar tus cosas.

Bueno mi hijo, yo estoy bien dentro de lo posible, aunque la humedad siempre me quebranta el reuma, necesito que vengas porque me faltan las cataplasmas. ¡Coco, contale todo a tu abuela!...yo no te voy a decir nada...y mi amor, ¡que no pasen dos años hasta volver a tener noticias tuyas!...acordate que ya no soy una nena.

Un abrazo muy grande para Coquito, de su abuelita Virginia.



I

Las miradas curiosas de pequeños y noctámbulos animales, espesaban y sometían el aire hasta hacerlo irrespirable. Mi pecho sonaba musicalmente, henchido de aromas bestiales que adormecían la blancura de mi cuerpo; ciento dos kilos de carne fresca, reposando sobre una caja de madera que hundía sus clavos en mis nalgas planetarias.

Aquella noche del puerto de Mambolasi, se asemejaba a pesados cortinados teatrales, que empañaban mis negros y solitarios ojos, titilantes de esperanza.

Me encontraba solo, ¿y como no estarlo luego de una vida tan ligera? Después de haber invertido porciones de eternidad en tardes de cines de barrio, refugios oscuros, cómplices de mis apetencias juveniles. ¿Pero para qué condenar mi pasado?... no todo, podría ser reproches, ya que yo mismo tuve la dicha de transformar mi realidad al adoptar el hábito de mirar el suelo en busca de objetos perdidos.

Tenía catorce años y trabajaba en el Ministerio de Industria, cuando inicié la frenética recolección de tarjetas personales, cigarrillos y monedas. Fue pura casualidad, ya que por ese entonces mi solo interés estaba en aplastar pequeñas arañas, que ese verano llegaron a Asunción en compañía de miles de inmigrantes amarillos.

El Ministerio parecía ser el nido de los insectos y yo estaba dispuesto a liberarlo. Lo intentaba con un zapato en la mano, aprovechando las siestas y la soledad del salón de recepciones. las aplastaba con el taco gastado y pronunciando a cada golpe....¡muere Riquelme!!!....¡¡muere Zaracho!!! (mis jefes); los restos se iban esparciendo en las baldosas romanas, como si fuesen peones de una partida de ajedréz.

En una oportunidad me agaché a inspeccionar bajo el sofá donde Gladis la recepcionista y Rubén el cafetero fueron atrapados infraganti, allí mismo encontré una tarjeta de color rosa que pertenecía a un "tal" "Marcio de los Olivos Albuquerque", en cuya línea inferior figuraba su profesión: "Amante Discreto"... pegado a la tarjeta, un cheque del banco Central, de 50.000 guaraníes.

II

Marcio jamás pensó que yo tocaría el timbre de su pequeño departamento, para devolverle la alegría (el cheque)...
El vivía en los alrededores de la Iglesia de la Encarnación; en un altillo desde donde se podía ver la cúpula bañada en el celestial color del medio día. En ese nido de picaflores, aprendí a devorar los ñoquis que él cocinaba para mí.


¡Sos muy pillo para tus catorce!...¡ojalá no cambies nunca!... (eran las frases preferidas de Marcio, quien gesticulaba con su mirada de encantador de serpientes, mientras sus largos dedos enroscaban mi flequillo como si fuese un plato de spagettis). A mi no me gustaba, ni terminaba de entenderlo, pero me atraía la cantidad de mujeres fáciles que lo rodeaban. A él, lo recuerdo por sus delicados gestos y por sus dientes limados y adornados con turquesas incrustadas.
Una vez me dijo "estoy de paso nomás... yo no soy de aquí".

Me hubiese gustado decirle que no me interesaba su vida... que las visitas gastronómicas a su casa no significaban más que un buen partido Soó, o que un tereré helado en la gradería del "Defensores";...y mucho menos, nada de eso podría compararse con María; de quien muchos decían, "es medio culona...y tiene manos de arquero".

- ¡Imbéciles!

Ella era la fiel imagen de la mujer virtuosa, por su gracia me transformé en habitué de las funciones dominicales de la Iglesia de San Roque. Era mayor que yo, mucho más culta y mucho más tímida; le encantaba que le dijese piropos al oído, hasta llenarle la cabeza de tibios pecados, que la obligaban a largas horas de confesión.

Pero ya estaba grandecito para limitarme a recibir un evasivo beso semanal. Marcio comprendía mi ansiedad, a punto tal, que un día me confesó su "secreto imposible".

-¡Tenés mucho futuro conmigo!... ¡serás el sol de mis mañanas!...y yo...un meteoro dormido en tus axilas!!

¡No Marcio!,..¡no digas boludeces!!...nosotros nunca ...¡escuchame!!!,...nunca seremos más que dos oportunistas sin el placer del amor; mi futuro estará colmado de viajes y aventuras. Síno, pregúntale a Ursula, la adivina de la kermese de barrio Jara. (Le dije con la soberbia propia del alumno que supera al maestro).

No fue fácil destrabar la puerta de su pequeña casa, mucho me costó alejarme y olvidar la confusión que creó en mi, el orgiástico mundo de la mariquita, en el cual yo me limitaba a servir bebidas y a producir testosterona.

III

Me aferré a las misas dominicales, ilusionado en experimentar con María, lo aprendido de las malas compañías; vanos resultaron mis intentos ante la disciplina monacal que ella imponía. A consecuencia de esto y por resentimiento, decidí acompañar a Carlo Magno Cañete, jefe de la sección administrativa del Ministerio de Industria, a una de sus frecuentes visitas al "Club de la Serpiente", en ese cabaret me deleitaba toqueteando mujeres brillantes que parecían escapadas de una vidriera de la galería "Santo Domingo"... me encantaba dirigirme a ellas con obscena ternura....¡hola mi linda putita! o ¡¡como anda la más bella de las mierditas.....!!!, trataba de compensar los desequilibrios hormonales producidos por la incomprensión de María... mi novia.

Allí, sentado mirando a través de las paredes, descubrí una mujer que me sacaba de las casillas; sus labios carnosos parecían esquivos...como si fuese una princesa, o una respetable señora de la fundación de la Candelaria,....le tuve que recordar su condición laboral, para que me deje besarla...
Mis labios se secaron con el fuego de su aliento.

IV

Geraldine Sauvignon Blanc, era indiferente, aunque lo disimulaba para lograr sus caprichos. Tenía corazón pétreo y una personalidad chispeante cuando engatusaba a maridos extraviados, a quienes decía ser francesa de una familia de Borgogna.

Noches enteras, escondido en el humo de largos cigarros, la contemplé mojándome hasta los pies; soñaba con tener la oportunidad de un amor sincero, aunque temía a los impulsos de mi propia excitación.

Traté de ser paciente, pero la ceguera del amor, me dio valor para arrinconarla en el depósito del cabaret; la tiré sobre una bolsas de cebolla, y la sujeté con mi abdomen hasta sacarle gemidos de placer.
-¡Coco... Coco, por favor no!
Su voz parecía familiar, y llegue a pensar que sería una mujer para toda la vida.
-¡Coco, Coco, pará... soy yo!
-¡No Geraldine... ahora es la hora!
-¡Coco, soy yo!... ¡Marcio!

¡Ursula...vieja estafadora!!..(fue lo único que se me ocurrió decir).

Aunque esa experiencia me condujo a una crisis gástrica, no dejé de relacionarme con gente, y amplié mis posibilidades, gracias al sutil método de dejar escrito mis datos en las puertas de los baños públicos. Por otro lado, a Carlo Magno Cañete, le saqué cincuenta mil guaranies semanales, a cambio de callar, acerca del destino que éste le daba a sus cheques.


EL RENACIMIENTO

Me había tomado ocho otoños e inviernos, terminar el último curso de Perito Mercantil, buscaba una oportunidad para romper con los fantasmas de mi pasado, quería escapar a la indiferencia, ser al fin y al cabo independiente. Durante años intenté salir del círculo vicioso, pero sistemáticamente fui rechazando las posibilidades que tuve para empleos formales. Mis expectativas no cavían en la pequeña casa de mi abuela..

Las concreté gracias a un amigo noctámbulo, chofer dedicado a viajes de excursión, quien me ayudó a colmar mis ideales, haciéndome viajar gratis en un bus cinco estrellas, con el único costo de mantenerle despierto, mediante mis kilométricas conversaciones, adornadas con exuberantes y graciosas ocurrencias. Finalmente, el expreso Sirena del Paraná, me depositó en la ciudad de Santos, donde conseguí trabajo como limpiador del Río Mamoré, barco de 16.000 toneladas con el cual pensaba dar la vuelta al mundo...
¡Cómo mareaban las sirenas de los barcos!

Era el temor y la satisfacción y no me interesaba mucho eso de ser el de la cucheta sin sábanas, o el que limpiaba los retretes. ¡ Para eso nacemos los hombres!, decía entre dientes aguantando los pesados caprichos del capitán, mientras recordaba la cara de María, el día que le confesé mi decisión.

¿Té pensas ir nomás?. ¿Te querrás ir sin mí? (Me había dicho con la esperanza, que le contestaría que no), pero en el sufrimiento hay algo de libertad.

Las interminables jornadas en alta mar, no me habían dado más descanso que unos minutos para fumar un cigarrillo en la cubierta; lo hacía en los momentos cuando nadie podía observarme, ya que mi espíritu me abandonaba y me transformaba en un ser imperceptible e insignificante. Por momentos tenía temor de alejarme del Mamoré, y en esas circunstancias recordaba lo que me había dicho Marcio, "El valor de la transmutación personal es puesta de relieve con la entrada del neófito en una vía de perfeccionamiento, reservado a una élite elegida en función de cualidades precisas". ...¿porqué temer si yo era uno de ellos?.



MAMBOLASI, TIERRA DE PAZ Y TRABAJO

Por fuerza del destino, me encontraba en la Atlántica bahía de Mambolasi, donde no perdería la costumbre, ni dejaría pasar las posibilidades que a diario nos ofrece el suelo, como fuente inagotable de información para el conocimiento y la obtención de ventajas terrenales. Fue así, que levanté un papel blanco, rectangular y prolijo, con cierto aire petulante, que en letras negras y brillantes decía:

"Señor Caballero de la Legión de Honor... Juan Do... (decía Juan Agustín Domec).
Muy estimado Comandante de Legionarios de la República, tengo a bien recomendar a Jean Baptiste Pororó, ciudadano del mundo, exiliado y competente en las artes del buen vivir, apto y dispuesto a cubrir puestos exigentes dentro de su Unidad... condecorado en el Sahara en defensa de nuestra causa ...

Con los ruegos de su servidor.

Firmado Jean Poulle


Silenciosamente, para no molestar a dos portuarios dormidos, me arrimé al espejo retrovisor de un Citroën 2cv y me miré interminablemente, mientras apretaba la tarjeta como si fuese el número ganador de la lotería del gordo de Navidad. Estaba algo confundido por el cansancio acumulado, aunque no me costó mucho comprender las
ventajas que podría traerme, adoptar la identidad del Señor Jean Baptiste Pororó.

–¡Mi nombre es Jean Baptiste!... , ¡Je suis monsieur Pororó!, (recitaba en voz baja, mientras me peinaba con prolijidad, aplastando con las palmas mi aromática cabellera). Estaba dispuesto a aprovechar la "paz y el trabajo" ofrecidos por el Gobierno y pueblo de esta lejana nación... al menos eso decía un enorme y carnavalesco cartel con letras de neón ubicado sobre el tinglado de la Aduana.

Mi única documentación era un salvoconducto, que en su momento me libró del servicio militar por ser hijo único de madre viuda; ... eso nada tenía que ver con Jean Baptiste Pororó, por lo que decidí hacer un bollo y tirarlo en una montaña de basura, cuyas formas se asemejaban increíblemente al monte Fují... durante la prolongada búsqueda de la Unidad del Comandante Juan Agustín Domec, me encontré con muchas montañas de formas y olores parecidos.

Varias horas me llevó llegar al edificio, cuya pequeña entrada se destacaba gracias a las letras de bronce clavadas sobre una chapa celeste que identificaban el sitio. La construcción era "el sobrante" de un crédito japonés para el desarrollo.... no había alcanzado para azulejar todo el frente y así poder tapar los negros agujeros de metralla revolucionaria. Sus pocas ventanas, aparecían como lunares en la cara de un beduino; a los costados se esparcían panteones multicolores de un cementerio militar, que tenía la característica de estar habitado tanto por vivos como por muertos. La escasez de viviendas era la explicación, así como el alivio refrescante que proporcionaban las lápidas de mármol a los amantes tropicales.



V

No resultaba fácil el hecho de cambiar de identidad, después de veintisiete años, ya me había acostumbrado a mi nombre; Osilón de la Cruz Gamarra,... Garmendia por apellido materno, y "Coco" para los conocidos.

Reflexionando, acerca de mi condición de hombre promedio de la clase media, a la cual había renunciado por descubrir los secretos que encerraba mi mundo de telenovelas; dejé pasar el tiempo y me senté para hamacarme en una cadena de ancla que rodeaba la Plaza Anacundo Homar Al Sharif... perdí mi mirada sobre el piso de adoquín, que como paila hirviendo, fritaba los pies de los transeúntes y los restos de comida que habían escapado a la voracidad de los roedores... todo olía a colesterol.

Sentí dedos fríos en mi espalda... simples gotas de lluvia, el cielo estaba poblado de sonidos estremecedores, ¡claro!, un país nuevo, rociado de sangre e inestabilidad política.

Era de tarde, serían las cuatro o más, cuando atravesé la puerta y el hall que me llevaron hasta el mostrador de informes, donde descansaba un portero, vestido con dorados esplendores de mariscal. Me sentía naturalmente cómodo, ya que mi ropa olía bien y mi aspecto resaltaba entre los negros del país. Uno de ellos me preguntó cordialmente y sin dejar de escribir.

¿Necesita algo?
¡Sí! (Le dije en mi tímido francés)
¿Si qué? (respondió secándose la frente en la manga de pelo de camello)
Tengo una recomendación para ver al Comandante de la Quinta División...
¡Permítame! (Dijo extendiendo su mano, y le entregué mis temerosas esperanzas). Miró la tarjeta en silencio y la sujetó con ambas manos para estudiarla como si fuera una estampilla de colección. Ponía sus ojos en foco acercándola y alejándola de su cara, y sin dejar de respirar me ordenó.
Siéntese.

( Era cuestión de esperar... toda mi vida había esperado).

¡No, no... no, aguarde! (Le alcancé a decir, pero ya no estaba, se había esfumado y
Solo me quedaba obedecer). El tiempo transcurrido hubiese sido interminable, de no ser por el borroso recuerdo de María copando mis pensamientos. Vi su cara bondadosa, y sentí con nostalgia su aliento a bizcochos de maicena mojados en café con leche. María Inocencia de los Angeles Cubilla, había sido mi obsesión, y hasta ahora no lograba dar sepultura a nuestra relación; ella me daba la fortaleza, vital para sobrevivir ante la angustia generada por la certeza de ser un extraño con futuro incierto.

Quedé con mis recuerdos y con una mujer que rítmicamente se acercaba bailando su danza tribal, sujetando con firmeza el palo con el que repasaba el piso. El silencio del trapo húmedo lamiendo las baldosas... el trapo de piso y yo.

Como sucede a menudo, cuando se agotaba mi valentía, apareció el mismo ordenanza, mostrándome su blanca sonrisa.

¡Pase por aquí por favor!, El Comandante le espera.

Casi no pude creer en mi suerte y en la cortesía de esta gente; me levanté esforzándome por despegar mi espalda empapada del banco de madera. Sentí la alfombra bajo mis polvorientos zapatos, y hasta me hice de tiempo para observar las paredes, cubiertas con fotos de calendarios, prolijamente enmarcados como si de Picassos se tratara... hacía mucho que no me sentía importante.

Se cerró la puerta detrás de mí, y pude ver al comandante bañándose en la luz que torrencialmente se colaba entre las cortinas del ventanal.

Juan Agustín Domec irradiaba tanta autoridad, que el polvo y pequeños trozos de papel que flotaban en el ambiente, eran imantados por su cuerpo... se mantenía casi inmóvil, como si fuese el astro rey. Sus manos gruesas y peludas, acariciaban suavemente la tapa de vidrio de su escritorio, como si estuviese repartiendo cartas en una mesa de póker. No podría precisar su edad, aunque no sería mas joven que las pirámides de Egipto

Siéntese amigo.
¡Estoy complacido de conocerle!, (Le dije tratando de disimular el temblor de mi mentón).
Yo también señor Pororó... ¡pero vayamos al grano!... cuénteme algo de usted.

Fue así, que inventé hazañas militares, las hazañas de Jean Baptiste Pororó, le conté todo al respecto, y él parecía entretenido... hasta me ofreció un cigarrillo.
-¿Qué más me puede contar?

-¿Más? (le pregunté)

-¿Qué más?...

-En un tiempo colaboré con un asiático... (le dije)

-¿Y?

-...Se llamaba Freddy Chu... Freddy, había nacido en Shanghai, pero tenía intereses comerciales en Taipei, al principio no entendía su ambigüedad, ya que por un lado era viajero frecuente a Taipei, y por el otro se emborrachaba dos días por semana en el restaurante Formosa, el cual era conocido como refugio de "chinos rojos". Con él, aprendí a simular hurras a las cinco estrellas de la bandera y a beber de nuestras sangres entremezcladas, como parte del juramento fraternal comunitario que nos hermanaba en la Orden del Gallo.

-¿Pero fue eso lo que lo trajo hasta acá señor Pororó?
-.....¿Eso?...(dije por no saber que decir)....¡Nó eso no!!...¡es que yo!...¡es que yó!....yo nunca pude dejar de amar a María de los Angeles!. ¡Sabe Señor!, hay cosas inalcansables... yo toqué el cielo con las manos pero no lo pude sujetar...

-¿Le pasa algo Pororó?

-¡...Se me escapó, lo aprisioné con todas mis fuerzas y se me escapó!!!...todavía
recuerdo el día que volvíamos del cine...estaba agotado de tanto esfuerzo por contener mi amor....¡pero ella parecía no darse cuenta!, entonces le dije...¡mi abuela asegura que tu aroma a madrugada sale de tus entrañas y se entibia en tus labios!. María de los Angeles me miró y me dijo...-¿desde cuando escribís poesías?

- No es una poesía, ¡solamente quiero que me béses!
María de los Angeles cerró los ojos con fuerza, pero no pudo evitar que se le escaparan unas lágrimas.

-" Me siento agobiada!!" (dijo)

-Yo ya estaba pegado a ella, y cuando levantó sus brazos para alejarme, los enlazó alrededor de mi cuello y abrió su boca como cuando se despiertan las flores por las mañanas....en ese beso tembloroso descubrí el aliento a café con leche con galletitas de maicena...me di cuenta que era la más vírgen de las virgenes....

-¿Qué pasó con el chino Freddy?
-¿Qué qué?
El Comandante se quedó mirándome, como lo hacía el profesor Tambone durante las examinaciones de "Contabilidad". --¿Dónde conoció a Freddy Chu?

-¡Freddy... Freddy era el coreano del barrio!
-¡En qué quedamos!, ¿Era coreano o chino?

-¡Nooo!, Lo que pasa, es que en mi país los coreanos son almaceneros... él era uno de los pocos almaceneros chinos. (Le expliqué como si se tratara de un teorema de lógica matemática)

-¡Muy sorprendente!... ¿Qué le parecería trabajar y alojarse en el regimiento?

Su voz era inconfundiblemente paternal, espontáneamente me acerqué a él y le di la mano con afecto, mirándole a los ojos le dije: -¡Sabía que lo encontraría!
-Todos dicen lo mismo.
-¿Todos quienes?
-La totalidad, ese todo que es uno, el mismo uno que es todos. (Terminó de decir y yendo hacia las afueras del dormitorio... (era dormitorio y oficina), la ambientación fue cambiando y las paredes se volvieron "hospitalarias")


EL SANTO PROTECTOR

Ya no supe si pensar por mí o por él, sentí temor ante la presencia de los asistentes del Comandante, cada uno de ellos, exactamente igual al resto. Cada uno más oscuro que el otro, cada uno, parecido a aquellos que hicieron desaparecer a Freddy Chu.

Me dejé acostar sobre una mesa de acero inoxidable... ignorante, como las vacas que entran en la manga que las conducen al matadero. Allí, abrumado por las indecencias, tomé conciencia de la atracción que ejercía, sobre los cuadrúpedos que respiraban en mi nuca.

Como resultado de esto, a lo que yo llamaría confusión (que otro nombre podría darle), rechazaba la comida por temor a evacuar, aunque día tras día, la experiencia ocurrida le dió más sentido a mi vida.

Tirado en el piso de la pocilga circular, divisaba en las alturas una claraboya por la que entraba silenciosamente el as de luz del amanecer, en la misma forma que entra el dedo gentil de una novia en su anillo de bodas. Juraría que en esas alturas, habitaba un santo como los que aparecen dibujados en las estampas de primera comunión; muchas veces me desperté sobresaltado al ver nítidamente al virtuoso varón, que en voz baja me decía, "no temas, hoy te liberaré".

Durante un feriado, ya hace unos meses, recibí la visita de mi Comandante, aquel que había conocido gracias a mi afición por juntar papeles del piso. Su presencia me empachó, me volvió a convidar sus cigarrillos y me abrazó para dar una vuelta alrededor de la celda. El se relajaba respirando de mis pulmones y diciéndome que no me preocupe y otras tonterías ininteligibles que parecían frases opulentas, de las cuales rescato algunas pocas.

"El valor de la transmutación personal es puesta de relieve con la entrada del neófito en una vía de perfeccionamiento, reservado a una élite elegida en función de cualidades precisas". (Dijo mirándome abrumadamente), pensé que eso significaba el fin del sufrimiento, creido de estar oyendo al santo que habitaba mi celda y había venido a rescatarme.

- ¿Usted no vive en las alturas? (le dije mirando en dirección a la claraboya)
- No,... mi esposa Makeba y yo, vivimos en el complejo habitacional "Aeropuerto".

La porosidad de su rostro, surcado por arroyuelos cristalinos, resaltaba el fertil resplandor de su frente... marco propicio para su mirada sin tiempo ni espacio, en la cual me vi reflejado con nitidez. Al parecer, el Comandante y yo compartimos las mismas creencias.

Él mismo, parecía apesadumbrado por sus palabras y me abrazó aprisionando suavemente mis brazos, caminé a su lado como un aprendiz inseguro que da sus primeros pasos de tango y sin dejar de recorrer la pocilga circular, me dijo.

- ¡No te preocupes Jean Baptiste, estas cosas no ocurren en la realidad... no te mortifiques!.

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